Adicto

Adicto

Contemplaba el fuego fijamente, la luz rojiza de las llamas iluminaba la ventana, solo se escuchaba el crepitar de los leños en la chimenea, pero él no estaba allí, perdido en sus pensamientos se había trasladado a otro lugar. De nuevo su cuerpo temblaba y en su frente brillaban pequeñas gotas de sudor. «Estás enfermose dijo sabes de sobra lo que necesitas, tu boca se muere y besa el aire y tus manos buscan cuerpos suaves, pechos pequeños y tiernos y hasta que no consigas alguno no podrás dormir».

Su garganta estaba seca, humedecida apenas por aquella saliva amarga de la soledad, como en una plegaria sus labios buscaban en el aire los besos que anhelaba su boca y estos se perdían en el vacío. Estaba preso, atrapado en la inquietud del deseo, en el ardor que nacía de sus entrañas, en las mil imágenes que le fatigaban, en la necesidad de poseer. Luchaba consigo mismo, sentía que había llegado al final, que no habría más aventuras, sabía también que las llaves de su prisión no las controlaba su voluntad, aún no. Había jugado fuerte, había saboreado cuerpos jóvenes, los había sacrificado a su placer, cuando quería sabía ser tierno y a veces le gustaba ser violento y cruel. No había pedido permiso, no se había preocupado de nadie, solo se aseguraba de que el gozo durara lo suficiente para satisfacerle y luego… se olvidaba hasta comenzar de nuevo con otro cuerpo desconocido. Aseguraba que era inmune al amor, a los remordimientos, a la compasión, que a él nunca le podría suceder, jamás se enamoraría, el amor era solo un freno y ahora se ahogaba, rechazaba cuerpos que, generosos  se le ofrecían, planeaba placeres nuevos, necesitaba besos de una sola boca, deseaba caricias de unas solas manos… Pero ya sabía que nunca tendría suficiente que siempre querría mucho más.

Aquel nuevo anhelo no le dejaba respirar, fluía por su estómago y atenazaba su garganta, le atormentaba el sonido de su voz repitiendo su nombre. Con ella había follado, pero de pronto se dio cuenta de que le estaba haciendo el amor, por eso sabía   que si la besaba otra vez, todo empezaría de nuevo, sin freno ninguno, si volvía a hacerla suya ya no podría parar.

Las llamas se apagaban, el vaso en la mano estaba vacío, su boca también, aquellos pensamientos no servían para apagar su fuego, solo conseguían avivarlo un poco más. Contra todo lo prometido se había enamorado, toda la vida había temido que esto sucediera, había intentado por todos los medios apartar de su lado a cualquier mujer que intuyera que iba a apoderarse de su corazón. Nunca le había importado pero, ahora estaba aterrado porque era un adicto al sexo que nunca tendría suficiente. Estaba loco por aquella mujer. Desesperado, luchando consigo mismo, deseando perecer en sus brazos aunque fuera su muerte, pero porque la amaba sabía que debía alejarse. Durante un tiempo ella le daría todo lo que deseaba pero, una vez más no sería suficiente, él querría más, buscaría más y antes o después acabaría traicionándola.

 Zara Rosa García (ZaraRosa)

Texto ganador de Placeres y Perversiones, diciembre 2016

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