Agua de rosas

Agua de rosas

Casi sin darme cuenta me vi entre las carnes abundantes de aquella mujer de aspecto extraño, tan distinto al de mi madre, al de mis hermanas, al de mis primas, y hasta distinto al de las doncellas que se ocupan de mis necesidades. Debe ser mi insaciable curiosidad sobre lo que ocurre fuera de estos muros lo que, algunas noches, me llevó a montar a Cristal a través del páramo para llegar hasta la taberna de las tres cruces, como se la conoce en la ciudad.

─Mirad lo que traigo ─gritó el hombre que me agarraba violentamente por la cintura─. Estaba espiándonos desde fuera. Enseñémosle lo que hacemos aquí con las damas curiosas.

En un instante cuatro o cinco hombres me rodearon, todos tan repulsivos como el que me había llevado al interior de la taberna. Uno de ellos me había subido las faldas y tiraba con fuerza del pololo, mientras otro apretaba mi cara con los dedos y me obligaba a respirar el aliento podrido de su boca. Sentí náuseas y sobre todo, un miedo atroz. Estaba indefensa, todos los presentes disfrutaban con la escena. Reían a carcajadas, se recostaban despatarrados en las sillas atentos al espectáculo y daban golpes en el suelo con sus pesadas botas. Creí que era mi fin. Acababan de desgarrar mi canesú cuando un hierro se clavó en la mesa de madera sobre la que me habían sentado. El mundo entero paró su curso en aquel momento.

─¡Dejadla! ¿No veis que está muerta de miedo? ¡Moved vuestros culos apestosos lejos de aquí!

Una mujer imponente, inmensa en todo su cuerpo, se apostó frente a mí con los brazos en jarra y me miró de arriba a abajo entre perpleja y compasiva. Antes de que pudiera decir nada en agradecimiento me arrastró por las escaleras y me empujó al interior de una habitación hasta sentarme en un camastro, sucio y desordenado.

─¿Se puede saber de dónde sales tú? ¡No me lo digas! Resulta que ahora las señoritas de la corte se aburren y deciden jugar a ser intrépidas, ¿verdad? No te muevas de aquí, ¿me oyes?

Estaba aún tan asustada que no se me habría ocurrido desobedecer sus órdenes. Solo pensar en atravesar de nuevo la taberna, sola, entre aquellos hombres, me espeluznaba.

La habitación era pequeña y estaba forrada de madera vieja, oscura. Como únicos enseres, la suerte de cama en la que estaba sentada, un espejo roto clavado en la pared, una bacinilla mugrienta y una jofaina con agua. Las voces roncas llegaban desde el piso de abajo, también los golpes de las jarras de vino y las carcajadas de las mujeres que las servían. Me preguntaba cómo se podía sobrevivir en aquellas condiciones cuando la mujer imponente apareció de nuevo delante de mí. Traía un recipiente humeante que me acercó a las manos, lo único que desprendía un olor agradable en aquel lugar.

Mientras bebía el caldo, lentamente, porque me ardía en la boca y en el estómago, me dediqué a observar con disimulo a la mujer. Recogía las mantas gurruñadas junto a mí y sacudía la lana para expulsar del camastro las cucarachas que aparecían veloces entre ellas. De su brazo izquierdo salía un gancho de hierro como aquellos que conozco por los cuentos de piratas que de vez en cuando me leía Segismunda al atardecer. Me sorprendió verlo en una mujer, pensaba que solo los hombres eran capaces de seguir viviendo después de perder una mano, de manera tan natural como si la atrocidad que supone tal hecho formara parte de la vida cotidiana. También me sorprendió, después de ver las bocas vociferantes de quienes se hallaban abajo, que conservara todos los dientes. Me hizo sospechar que era más joven de lo que aparentaba. Elisa, como he sabido tiempo después que se llama, era una mujer, como digo, imponente, el doble que yo en tamaño: cintura ancha, robusta; trasero infinitamente generoso y unos pechos enormes como quesos de bola, como los que veía cuando me colaba en las cocinas de palacio.

Se sentó a mi lado y me retiró los mechones de pelo de la frente. Percibí tal ternura en su mirada que un impulso me lanzó sollozante al cobijo de sus brazos, hundí mi cabeza en las dos masas de carne blanda y confortable durante un largo instante y de pronto me sentí en el paraíso. No me repugnaba el olor penetrante y agrio de sus axilas, al contrario, podría incluso decir que me atraía y me invitaba a sumergir la cabeza más y más entre sus quesos, tiernos, cálidos, esponjosos. Elisa subió su falda y se recostó en la cama apoyando la espalda en las mantas apiladas, me protegió entre sus piernas apretando mi cuerpo contra sí. En esa postura permanecimos mucho tiempo. Me abrazaban sus muslos, su vientre desbordado, sus brazos, su rostro y otra vez, esos enormes pechos como deliciosos quesos de bola que de repente deseé destapar y amasar. Lo hice, lo hice con ganas, con fuerza, porque aquellos pechos inmensos merecían ser amasados de aquella manera.

¿Qué tenía esa mujer, tan alejada de lo que conozco, que me atraía de tal forma? Escabullí una mano más abajo de su ombligo. Jugué con el vello áspero que avanzaba desde el pubis hacia los labios para llegar a lo más caliente y mojado de su entrepierna. Elisa, en una muestra de elasticidad insólita, separó las rodillas y me ordenó: «Chúpalo», mientras abría con los dedos de su única mano la puerta de un sexo peludo y salvaje. No mostré ningún reparo. Me sentía en deuda con la mujer que me había salvado la vida y además lo deseaba, quería saber cómo olía, a qué sabía lo que llevaba escondido entre los muslos apretados. Recorrí con la lengua todos los rincones, succioné, me empapé de su jugo ácido y de mi propia saliva. Ella se retorcía, elevaba la pelvis reclamando más y yo se lo daba. Cuando estaba a punto de estallar se incorporó y, de rodillas en el suelo, atrajo hacia el borde de la cama mi sexo ya desnudo. Lo lamió de abajo a arriba, en horizontal, en círculos, en mordiscos de piel enrojecida de placer. Terminamos tumbadas la una junto a la otra, enlazadas, adormecidas por el olor a sexo rancio con el que yo ya me había mimetizado.

Los sonidos de la taberna bajo la escalera todavía rompían la noche, pero ya no me asustaban. Solo el relincho de Cristal amarrada en el exterior me recordó que, más allá del páramo, me esperaba un baño con agua de rosas.

Lydia Cotallo (Frida)

Texto ganador de Placeres y Perversiones, junio 2016

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