Calamares rellenos

Calamares rellenos

Empezamos la mañana desayunando en el bar de la esquina; café con leche o chocolate, con churros en cualquier caso; leemos el periódico y echamos miradas furtivas a la clientela, sobre todo a la de sexo opuesto. Puede ocurrir que se cruce una mirada más allá de la mera curiosidad, en tal caso el periódico deja de ser un sujeto pasivo y se convierte en un aliado al que te aferras ante tanta incertidumbre. Aprovechando los cambios de dirección de la saeta visual al coger los churros del plato e ir mojándolos, se puede insistir con mayor disimulo y naturalidad en tropezar con la misma mirada. Lamentarás no haberte afeitado, esa ligereza en la indumentaria, la colonia y demás afeites. Ya es tarde. Distraído por estos pensamientos, entre moje y moje, la verás marcharse. El tiempo no se detiene y el bar se va quedando vacío. Una pareja rezagada de madres que han dejado los niños en el colegio y tienen los carros de la compra aparcados junto a ellas; otro carrito con un bebé al que miras y haces cucamonas, él te sonríe generoso. Recuerdas que no has hecho la cama, puedes soportarlo, y te diriges decidido al mercado para comprar los calamares.

El barullo de la plaza te sorprende. En el puesto del pescado hay mucha gente esperando. Te plantas entre los últimos y observas como van pidiendo un kilo de esto, tres cuartos de lo otro y una trucha arco iris. El olor a pescado no hace buenas migas con los churros que llevas dentro. Después que tú han llegado varias señoras y han cogido el papelito ese que ordena el turno, has perdido más de veinte minutos a lo tonto. Hay peces de todos los tamaños pero no ves calamares, das un vistazo de extremo a extremo del muestrario mirando por encima de las señoras que lo ocupan todo, una vendedora repara en ti y se detiene con una merluza en la mano, te pregunta si buscas algo en concreto. Dos clientas se vuelven y se miran entre sí haciendo gestos comprensivos. Le preguntas que si tiene calamares, están aquí señor y te los señala, justo en el centro en un lugar destacado hay una caja llena de calamares. Devuelves la mirada y levantas los párpados en un gesto de agradecimiento y disculpa.

¿Cuántos calamares entrarán en un kilo? Lo mejor es pedir diez por ejemplo o cinco sin son de tamaño mediano. ¿El treinta, treintaiuno…? El treinta lo tienes tú, te toca. No estabas atento porque la mujer del bar, la del cruce de miradas, ha pasado por tu lado. ¡Ya es casualidad, hombre! Después de pagar te hueles las manos, las monedas de vuelta huelen a pescado y ahora están en el bolsillo pequeño de los vaqueros. Las doce y media de la mañana. Cuando llegas a casa haces un repaso rápido: cebollas, pimientos, tomates, orégano. Te faltan los calabacines. En el supermercado de atrás compras calabacines, al volver te das cuenta de que no te va a dar tiempo a preparar los calamares para la hora de comer. Sobre la mesa de la cocina hay un libro grueso con tapas duras, en letras de oro se lee: “Las grandes preguntas de la humanidad”. La gran pregunta que se ha hecho la humanidad desde siempre es: ¿Qué voy a comer hoy?

Carlos Carricondo Morales (Jeroma)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “Cocina”

Entradas relacionadas

Tú no sabes lo que es

Tú no sabes lo que es

El violinista

El violinista

Otra Margarita

Otra Margarita

Monólogo

Monólogo

Publicar un comentario

Tu email no será publicado. Campos obligatorios

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>