Comatosa

Comatosa

Supongo que una obsesión como la mía no es algo que aparezca de pronto, de la noche a la mañana, algo que se manifieste de forma explosiva como la infección producida por un virus muy agresivo. Pienso que más bien tiene que ser algo antiguo (tal vez congénito), cocinado a fuego lento durante toda una vida, alimentado con mimo a lo largo de los años. O tal vez sea un problema de educación, un desarrollo en el que lo exquisito era costumbre y, de la misma manera que un paladar habituado a deliciosos caldos de crianza y gran reserva no soporta un vino envasado en tetrabrik, mis ojos, habituados a lecturas en las que la corrección era conditio sine qua non, es decir, el mínimo exigible, se abrían como platos soperos cuando se posaban en textos en los que los signos de puntuación parecían haber sido arrojados como quien salpica con sal Maldon un solomillo al punto: sin importar demasiado dónde caigan.

Sobre todo las comas.

En realidad no eran solo las comas. Eran también los puntos, los puntos y aparte, los suspensivos, los signos de interrogación y exclamación, las comillas, los guiones… Y, por supuesto, los errores sintácticos o gramaticales. Incluso los estilísticos. Pero las comas tenían esa inmediatez en la lectura, ese impacto primero que, precisamente por ser el primero, era el más agresivo.

Al principio, cuando veía una coma mal puesta, mi reacción se limitaba a la lógica expresión de asombro unida a la incredulidad de que semejante falta hubiera conseguido pasar los filtros ortográficos del autor pero, a medida que aumentaba el número de hallazgos, aumentaba mi intolerancia. Lo que empezó siendo, como ya digo, un abrir los ojos y un enarcar las cejas, acabó en despotriques, aspavientos y maldiciones proferidas en voz alta.

Mi salud empezó a resentirse, pues cada ataque de indignación gramatical desencadenaba todo un cortejo de alteraciones somáticas: hipertensión, taquicardia, hiperglucemia, sudoración, vasoconstricción, cefaleas, visión borrosa y urticaria. Incluso llegué a tener un ataque de caspa.

Hasta que un día pasó lo que tenía que pasar. En la segunda página de un libro que, a todas luces, había sido escrito o corregido por malhechores sin escrúpulos gramaticales, mis arterias cerebrales no resistieron la presión y me dio un meningismo ortográfico que me dejó seca en el sillón: inconsciente, convulsa y con los ojos en blanco. Aunque los servicios de urgencia llegaron de inmediato, no pudieron hacer mucho por mí.

Y aquí estoy, tirada en la cama del hospital, llena de tubos que me alimentan y mantienen mi equilibrio electrolítico y de cables que controlan mis funciones vitales, en coma (¡coma!) profundo desde hace dos meses.

Los médicos dicen que ni siento ni padezco ni me entero, pero eso no es cierto. Escucho todo lo que dicen sobre mi evolución y sobre las causas que desencadenaron el proceso que me ha dejado en este estado. Y, en cuanto se van, en la pantalla de mis ojos cerrados aparecen un sinfín de comas, de puntos, de comillas, de interrogaciones y de exclamaciones que ejecutan preciosas coreografías con la música de Macarena.

Algunas veces los acompaña una metáfora.

Fefa Martí Maldonado (Vichoff)

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1 comentario

  1. Profile photo of Frida

    Frida - 19 enero, 2015, 11:41 pm ResponderReportar usuario

    Este relato no podía faltar en el estreno del blog. Los amigos de Netwriters así debieron entenderlo porque es tan… Yo creo que somos varias y varios los que sufrimos “comatosis” :-)
    Buen relato, Fefa. A mí al menos me encanta.
    Besos.

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