Cuando hierve la sangre

Cuando hierve la sangre

La primera vez que Antón Nogueira presentó su marca a la cata anual de la Denominación de Origen Ribeira Sacra, tenía, de largo, el mejor vino de todos los participantes; sin embargo, el jurado, en una decisión claramente parcial, le relegó a un discreto quinto puesto. Y lo mismo ocurrió en la segunda… Y en la tercera… Por eso, dolido en lo más hondo, juró solemnemente que en la siguiente edición nadie le quitaría el privilegio de ganar el Acio de Oro, galardón con el que se distingue al mejor vino de la acreditada marca de calidad.

Antón era un enólogo de lo más sorprendente. Su nariz tenía fama de ser la mejor dotada de la región, lo que supuestamente motivó el apodo de “can”, que traducido a la jerga del vino equivale a decir “olfato de perro”. Había trabajado en varias de las mejores bodegas de la zona y siempre con resultados excelentes. Todos los bodegueros se peleaban por sus servicios, pero él no se daba importancia y hacía su trabajo de forma austera y haciendo el menor ruido posible. Lo que perseguía, en el fondo, era tener su propia bodega, para poder crear libremente y dar rienda suelta a su imaginación.

Y le llegó por fin su hora. Después de conseguir éxitos para otras marcas se le presentó su oportunidad. Un pequeño viticultor, no ajeno a su buen hacer, decidió venderle su propiedad estableciendo unas condiciones muy favorables. Antón no se lo pensó dos veces. El terreno y la situación de los viñedos eran adecuados y las cepas estaban en condiciones inmejorables. El vino ganador tenía que aflorar.

Las tres primeras cosechas, sin ser excelentes, dieron lugar a grandes caldos, que presentados al certamen, consiguieron discretos puestos en la cata. El vino era bueno pero por alguna razón no impresionaba al jurado. Antón pensó que tenía que haber algo anormal, algún factor externo que actuase como lastre a la hora de hacer la selección. Llegó a la conclusión de que lo más importante no era la calidad del vino en sí mismo sino en cómo vestirlo ante el jurado.

La vendimia de la cuarta añada estaba ya en marcha y prometía los mejores augurios. Alguien cercano le reveló la causa por la que presuntamente su vino podría estar sufriendo discriminación en el certamen. Al parecer, su abuelo había participado en la guerra civil por el bando nacional y el abuelo del presidente del jurado por el bando republicano. En un episodio oscuro de la contienda, su abuelo, celoso del éxito de su vecino en el sector vitivinícola, le habría denunciado y, acto seguido, paseado, con el agravante de ser, además, pariente suyo. Antón pensó que el apodo por el que se le conocía podría muy bien ser heredado y tener un origen más siniestro del que se le atribuía.

En los días siguientes a la vendimia la convivencia de la zona se vio afectada por un suceso extraño e inquietante. La desaparición de la hija del presidente del jurado conmocionó a toda la comarca. No había pistas y nada se sabía sobre su paradero. Era como si la tierra se la hubiese tragado. Mientras, el vino, en constante evolución y sin nada que perturbase su reposo, daba lo mejor de sí mismo esperando su momento de gloria.

Llegó el día de la cata y como no podía se de otra manera el vino de Antón causó profunda sensación. Esta vez el presidente, presionado por el resto del jurado, no tuvo el valor suficiente para dejarle sin el ansiado premio. Su tinto, ante el asombro general, había obtenido la máxima calificación lograda por un vino joven en un certamen.

En la entrega de premios el presidente del jurado le preguntó ante una nutrida concurrencia ávida de respuestas dónde estaba el secreto para lograr un vino tan redondo y con un sabor tan especial. Antón Nogueira pensó en responder “ni te lo imaginas, bastardo. Has tenido que beber de tu propia sangre para reconocer mis méritos” pero sólo alcanzó a decir “secretos de familia, primo”.

Javier Reiriz Villar (ignacio)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “La cosecha”

 

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