El camino

El camino

Con las primeras luces del día, sin esperar a que el calor se vuelva agobiante, suelo montar en bici y así hacer algo de ejercicio antes de ir al trabajo. Mi pedaleo transcurre por un camino exclusivamente reservado a esta actividad, disponiendo de un carril de doble sentido y otro para viandantes según marcha en paralelo a una de las autopistas de entrada a la ciudad. Bordeando la vía ciclista hay árboles y setos, habiéndose respetado pequeñas agrupaciones de pinos y chopos plantados hace décadas en esa zona.

Cuando ya quedaba poco tiempo para terminar mi sesión, en una vaguada con área de descanso y fuente pública, tras unos altos matorrales, oí nítidamente un gemido extraño, poco común tanto por el lugar como por la hora. Paré inmediatamente mi pedaleo y aparqué la bici en la orilla. Con mucha precaución para no ser visto, me acerqué a observar lo que provocaba esos inquietantes ruidos.

Desde el otro lado del camino distinguí a una mujer, estaba sentada en el suelo y tenía una de sus manos por debajo del pantalón deportivo que llevaba. En la otra, sostenía un teléfono móvil y tecleaba frenéticamente la pantalla. Era morena, entrada en carnes y con un voluminoso pecho que parecía luchar por escapar de la camiseta de tirantes que lo aprisionaba. No tuve duda, los frotamientos en la entrepierna y convulsiones significaban que estaba dedicada a un intenso onanismo.

Un poco avergonzado, pero lleno de morbo por la escena mostrada ante mis ojos, me arrimé un poco más al resguardo de la maleza.
Ella levantaba las caderas cada vez con más ímpetu, tensando los muslos al frotar su sexo por debajo de la prenda. Como si ejecutara un hipnótico baile, parecía no poder parar, importándola poco estar a la intemperie. Tras unos minutos en los que aceleró los movimientos, un estremecimiento la recorrió a lo largo, soltando un pequeño grito que finalizó en profundo suspiro. Finalmente, cerró los párpados, echó la cabeza hacia atrás y percibí como todo su cuerpo se relajaba.

La insospechada situación, sumada a la furtiva observación, me había excitado mucho. Mi miembro apenas era contenido por el ceñido coulotte Temiendo ser visto por algún madrugador transeúnte, crucé el seto, camuflándome detrás de un pequeño y frondoso pino. Desde ese lugar tendría una visión cercana de la mujer, además de poderme proporcionar una buena respuesta en forma de sacudida. A esa cuestión dediqué los siguientes instantes en un rítmico y enérgico meneo.

Pero algo me sobresaltó, en el bolsillo trasero del maillot mi teléfono vibraba tras haber recibido un aviso. Era un mensaje de mi amante. Sin salir del asombro, tembloroso y nervioso, pensando que al final nos descubrirían, abrí el cuadro de diálogo:

—Ya he tenido uno ¡El juego de hoy me tiene muy caliente. Quiero máaass, quiero que el siguiente me lo provoques tú! ¡Veeennn yaaaa!

Sonriendo con descaro, se giró hacia mi depositando el móvil en el suelo y abriendo la boca con mucha lascivia. Al mismo tiempo, con el dedo índice efectuó una señal para que me acercara mientras pasaba su lengua por los labios entreabiertos y húmedos sin dejar de acariciarse la entrepierna.

No pude disimular más, ansioso por culminar nuestra peculiar diversión, me abalancé sobre ella y, allí mismo, recostada contra el pino, la embestí, la poseí con furia y ardor antes de que el calor hiciera insoportable nuestro encuentro diario en el camino.

José Manuel López Moncó (Eraseunavezen)

Texto ganador de Placeres y Perversiones, julio 2016

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