El dedo de Erika

El dedo de Erika

Cuando me desnudo en la cabina fría y me pongo sobre la plataforma giratoria, me acuerdo de mi gata convertida en una bola blanca de pelo, arrullándome y dándome calor en la cama, tan suave, tan frágil, tan pequeña, tan cabrona y despegada a veces. Y de Erika cuando viene a casa al amanecer y nos metemos un tripi y una copita de cava y recordamos nuestras noches locas, nuestras miserias, nuestros recuerdos de púberes en el colegio de monjas. Cuando las dos nos tumbamos en la cama, desnudas frente a frente, la gata se interpone entre nuestros vientres lisos como creando una pequeña frontera de pelos blancos y es entonces cuando nos contamos cómo nos fue la noche pasada, su número con el enano trípode o mis aventuras en el peep show.

Esta mañana mientras nos disputábamos el pellejo de la gata, nos reíamos al recordar los tiempos de los silbidos pícaros y de las miradas empalmadas de los obreros que reformaban nuestro colegio, dirigidas a nuestras inocentes piernas cubiertas por las  falditas  tableteadas de cuadros escoceses; los juegos de seducción y las risitas cómplices. Y después la misa y antes la confesión. Erika acercaba sigilosa el oído a la rejilla del confesionario, pudiendo casi sentir  las babas de don Pancracio  recorriendo como la lava de un volcán, la fila interminable de botones negros, desde el alzacuellos a los botines, pasando por una duna, al tiempo que le iba soltando, poco a poco, con un hilo de voz  pesaroso, sus pecados mortales contra el sexto mandamiento. Le confesaba con pudor y arrepentimiento pleno, cómo recorría  todas las noches los labios de sus vergüenzas húmedas con ese dedo hereje, obsceno y pecador,  merecedor de ser cercenado de raíz.  Le describía con voz entrecortada cómo  se detenía en ese bultito erecto que le producía un picor pecaminoso y cómo después hundía sus dedos frágiles en sus oscuros placeres. Y entonces notaba la respiración agitada, el carraspeo y los bufidos de don Pancracio antes de que le aplicara la penitencia consabida. Tres avemarías, un padrenuestro y los «ejercicios».

Don Pancracio salía del confesionario, se llevaba a Erika a la sacristía y allí le mojaba el dedo hereje en una palangana con agua bendita, después en el vino dulce y acto seguido empezaba a chupárselo lentamente como si fuera un chupa-chups de fresa, para eliminar cualquier vestigio de residuo pecaminoso que pudiera estar adherido a su piel, a su nudillo de cristal o a su uña larga de rosa chicle.

Luego le pasaba la lengua de camaleón hambriento por su pelo rubio de seda para atrapar piojos impíos al tiempo que  amasaba sus pequeños senos azulados con las manos blanquecinas, regordetas y blandengues, de textura de cola de merluza. Después él volvía al confesionario y Erika se abrochaba la camisa blanca mientras  observaba las vibraciones rítmicas del pequeño habitáculo, el crujir  de la madera vieja,  como si estuviese poseído y a  merced del diablo; hasta que se detenía bruscamente y el ambiente quedaba impregnado de un penetrante olor a mixtura de incienso y macho.

Y es con el tintineo que recorre  una moneda de dos euros hasta llegar a la caja de un box,  con el que escapo de cuajo de los recuerdos de Erika y al abrirse la pequeña trampilla,  me imagino los enrojecidos ojos de rana de Don Pancracio aplastados contra el cristal ahumado, mirándome con lascivia.

Entonces mi dedo se convierte en el dedo impuro de Erika y se introduce en mi boca, y la inunda con la melaza de las pasas del vino de misa, con la dulzura del dedo de Erika, explorando la lengua, los dientes, el paladar y lo chupo, lo chupo lentamente para purificarlo antes de que empiece su recorrido por las vergüenzas de ella en mi cuerpo.

Y me agarro la coleta de seda y la masco y la saboreo,  y amaso mis pechos violáceos como los senos núbiles de Erika y siento sobre ellos la textura de las escamas de una cola de merluza, y disfruto y me revuelvo sobre el tapiz rojo de la plataforma que gira lenta, describiendo un círculo tangencial a los pequeños ventanucos oscuros, sintiéndome observada por varios pares de ojos hambrientos, pero sobre todo por los ojos desorbitados de don Pancracio.

Cojo el dedo de Erika y dibujo un corazón sobre mi pubis rapado; lo deslizo hasta el bultito clitoriano, lo despierto, lo agarro, lo presiono, lo retuerzo hasta que no puedo más e introduzco en la caverna húmeda el dedo de Erika, y tres más —cuatro en total— y siento lo que debe sentir ella al ser penetrada por el enano trípode en la función de noche y grito, y me revuelvo y miro al box de Don Pancracio y me excito más, si cabe, y me siento morir de placer.  Y le insulto, y le escupo, y le devuelvo sus babas, aunque no sea él, ¡qué más da! y noto perfectamente cómo los pares de ojos hambrientos aplauden con sus pestañas desde la barrera  de los cristales ahumados, excitados y acuosos y le miro fijamente metiéndome el dedo de Erika en la boca.

Entonces siento como el box empieza a vibrar rítmicamente, cada vez más fuerte y puedo escuchar tras las finas paredes de conglomerado, respiraciones entrecortadas, bufidos y sonidos de babas fluyendo; hasta que de repente el temblor se detiene en seco, se oye un grito hueco y mi cabina queda impregnada de un penetrante olor con una  mixtura de incienso y macho.

Miguel Paez Marco (Mikywrite)

Texto ganador de Placeres y Perversiones, enero 2017

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