El guardián de las estrellas

El guardián de las estrellas

Los recuerdos más nítidos de la infancia le venían a Ethan de las excursiones que hacía con su padre para contemplar las estrellas. Recordaba como su progenitor, en vísperas de estas salidas, preparaba con mimo todo el equipo necesario para dedicar el fin de semana al estudio del cosmos. Tienda de campaña, sacos de dormir, útiles de cocina, comida, … y lo mas importante de todo: El telescopio. Nada escapaba a su puntillosa meticulosidad.

El estudio minucioso del firmamento siempre había sido el pasatiempo favorito de Ethan. Nada le producía más placer que pasar horas y horas mirando a través del visor del telescopio, superando los retos a los que le sometía su padre. Llegó a adquirir tal destreza que le bastaban apenas unos segundos para identificar cualquier cuerpo celeste sin apenas margen de error. Cuando el invierno discurría por su etapa más dura, pasaban las noches abrigados de pies a cabeza, estudiando los cambios que el cielo experimentaba e intentando ver más allá de lo técnicamente posible. Constelaciones, nebulosas, planetas, cometas… eran observados con rigor sin que ningún cambio pasase desapercibido a tan crítica mirada. Ethan recordaba haberle dicho a su padre en multitud de ocasiones que su meta era ser astronauta, o mejor aun, guardián de las estrellas, como si este fuese un cargo que existiese desde que los tiempos son tiempos. Decía que, puesto que él le había inculcado que después de la vida finita venía otra eterna, esta última, llegado el momento, la utilizaría para ese fin. Su padre solía decirle, entre risas, que quien le oyese hablar de esa forma iba a pensar que estaba deseando dejar esta vida para empezar a disfrutar de la venidera. Quien sabe lo que pasaba por la cabeza de Ethan por aquel entonces.

Tantas eran las horas que pasaban juntos y tal la complicidad que había entre ellos, que llegaron a idear un peculiar código con el que renombraron a todos los cuerpos celestes que se pusieron a su alcance. De esta forma, Venus pasó a llamarse “Púberos”; Júpiter, “Júlajos”; Sirio, “Yáciros”; y así hasta completar una lista interminable. La estrella favorita de Ethan era Betelgeuse, una de las más brillantes del firmamento, bautizada por él como “Ríperos”, por estar ya en declive. Ríperos es una súpergigante de la constelación de Orion, setecientas veces mayor que nuestro sol –“Víviros” en su jerga- que de estar situada en el lugar que éste ocupa en nuestro sistema solar, nos desplazaría más allá de Marte. Pero lo que más atraía a Ethan de esta estrella no eran ni su masa ni su tamaño, sino su brillante color anaranjado, color debido –y esto entristecía a Ethan- a que la estrella está ya en decadencia, que su juventud ya ha pasado y que pronto se convertirá en supernova. Ethan la miraba a través del telescopio y se le encogía el corazón, porque sabía que a nuestro sol le va a pasar lo mismo, que dentro de un período más o menos igual al de su existencia, empezará su declive para apagarse definitivamente. Ethan estaba convencido de que eso podría evitarse de ser el guardián.

Conforme fue creciendo, Ethan nunca dejó de lado la pasión que le producía la abierta contemplación del cosmos. Es cierto que las excursiones que hacía con su padre se vieron alteradas el día que este falleció en un fatal accidente, pero continuó con su actividad con más fuerza si cabe; no se sabe si porque su hambre por lo desconocido era insaciable o como homenaje a su malogrado padre y compañero.

Hoy ha regresado de Vietnam sin ver cumplido completamente el sueño de ser guardián de las estrellas. Quería lograr el cargo para interceder por nuestra estrella, el sol, para que siga viva para toda la eternidad y que no le suceda lo que a Ríperos. Dos décadas después, son las estrellas las que guardan a Ethan. Las barras y estrellas de la bandera que cubre su féretro.

Javier Reiriz Villar (ignacio)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “estrellas”

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