El macizo de hortensias

El macizo de hortensias

Veinticinco años antes, Lucas había tenido la primera noticia de su tío Luis.

Había encontrado la foto en el fondo de una de las cajas del desván. Su padre había muerto una semana antes y su madre había decidido hacer un nuevo orden en la casa. El nuevo orden consistió en vaciar armarios, quemar las viejas cortinas de su dormitorio y toda la ropa de su cama de matrimonio, cambiar los muebles de sitio, esconder en un baúl las escopetas de caza de su marido y juntar todas sus pertenencias para decidir qué hacer con ellas.

La foto mostraba la imagen de un hombre joven, sentado en una hamaca, que sostenía sobre sus rodillas a un niño de unos dos años en el que Lucas se reconoció de inmediato. El hombre, sin embargo, se le resistía. Sus facciones le resultaban familiares pero no conseguía identificarlo con ninguno de sus parientes. Parecía alto, como su tío Ramón, y tenía el pelo claro, como casi todos sus primos. Se fijó en las manos, que sujetaban al niño por la cintura y desaparecieron las dudas: aquel hombre tenía que ser de su familia.

Sin soltar la foto, bajó hasta la sala, donde su madre estaba quitándoles las fundas a los cojines del sofá.

—Mamá —dijo, poniéndole la foto delante de los ojos—, mira lo que he encontrado. ¿Quién es?

El rostro de su madre se tensó y tardó unos segundos en contestar.

—Es… tu tío Luis.

—¿Mi tío Luis? No sabía que tuviera… ¿Es hermano tuyo? ¿De papá?

Su madre sacudió el cojín con tal fuerza que algunas plumas salieron despedidas. Flotaron suavemente hasta el suelo.

—De tu padre —dijo al fin.

Lucas abrió la mano junto a la foto y extendió los dedos.

—Tiene las manos como yo…

—Y como tu abuelo.

—¿Dónde está ahora?

Una pausa más larga que la anterior precedió a la respuesta.

—En realidad —la voz de su madre sonó grave—… no sabemos. Un día fue a la capital a comprar herramientas y no volvió.

—Ah…

No quiso hacer más preguntas. Tuvo la impresión de que su madre no habría querido contestarlas. Volvió al desván, dejó la foto donde la había encontrado y bajó de nuevo.

—¿Dónde vas? —preguntó su madre al verle pasar hacia la puerta.

—A montar un rato en bici.

—¡No te acerques a las hortensias!

Veinticinco años después, Lucas volvía al pueblo para enterrar a su madre y hacer un nuevo orden. Hacía falta porque tanto la casa como el jardín acusaban un abandono de mucho tiempo. La enfermedad de su madre había sido larga y la había dejado sin fuerzas. Los muebles acumulaban polvo, los suelos crujían, las ventanas no ajustaban bien y las malas hierbas se habían adueñado del jardín.

Se acercó al macizo de las hortensias y recordó la prohibición de su padre de acercarse a él. Donde antaño hubo una fronda de intenso color verde salpicada de flores azules solo quedaban troncos y ramas desnudos. La tierra estaba removida, seguramente los gatos de los alrededores habían escarbado allí buscando topillos.

Una mancha blanca destacaba sobre el fondo oscuro de la tierra. Se agachó para coger lo que pensó que era una piedra pero cuando lo tuvo entre los dedos comprobó que se había equivocado. Aquello tenía todo el aspecto de ser un hueso. Lo dejó a un lado y escarbó cuidadosamente alrededor del hueco que había dejado.

Dos horas más tarde, Lucas había desenterrado, hueso a hueso, el esqueleto completo de un hombre adulto.

Tenía seis dedos en cada mano y un orificio de bala en la frente.

Fefa Martí Maldonado (Vichoff)

(Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “huesos”)

Entradas relacionadas

Tú no sabes lo que es

Tú no sabes lo que es

El violinista

El violinista

Otra Margarita

Otra Margarita

Monólogo

Monólogo

Publicar un comentario

Tu email no será publicado. Campos obligatorios

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>