El niño del molino

El niño del molino

Desde que comenzó el verano, algunas tardes me acerco con mi hijo a un remanso de un viejo molino en el Río Tambre. Al lugar le llaman la Playa de Tapia. Es muy visitado por bañistas, pescadores y familias que pasan allí sus ratos de ocio; está bien equipado, con todas las comodidades de una zona de recreo. En el aparcamiento hay un hombre que pide y un niño sentado en el suelo junto a su padre; aprovechan la sombra y el respaldo de un gran árbol. Llevan ropas muy humildes, pero limpias, y van muy bien aseados. Mi hijo tiene seis años, y estatura y peso un poco por debajo de la media. El otro niño es más alto y más recio. Cada día que vamos al río ellos están allí sentados en el mismo sitio. El niño no se separa de su padre, no juega, no se baña, es como si no pertenecieran a este mundo; sólo hablan entre ellos.

Este hombre, -pienso- por su acento, parece musulmán; es posible que sean de los que han tenido que abandonar su casa en la zona de guerra, donde el ejército islámico y los talibanes están haciendo estragos. Puede ser que su casa esté derribada de un bombazo. ¿Cómo habrán llegado hasta aquí?

Después de unos días, mi hijo ha empezado a acercarse al chico, y a veces juegan a la pelota en la explanada. Hoy le ha dicho el padre que tenga cuidado con su amiguito, que es más pequeño. Yo me mantengo a cierta distancia, sentado en un banco; me gustaría hablarle pero no encuentro la ocasión de acercarme. Los chiquillos están cada vez más unidos, se pasan la tarde juntos, se bañan y juegan tirándose agua. Yahim le ha dicho que su padre era médico allá en su ciudad. No sé por qué a mi hijo le gusta más jugar con este niño que con otros de su clase, a mí no es que me importe.

Hoy, cuando hemos recogido las cosas, antes de subir al coche, me he ido hacia él y le he dado cincuenta euros.  El hombre se ha puesto de rodillas y quería besarme las manos; al darse cuenta de que yo me violentaba, se ha inclinado hasta tocar la tierra con la frente, o tal vez la ha besado, yo estaba muy nervioso y no quería mirar.

Para cenar le he hecho a mi hijo un puré de verduras y una tortilla francesa con trocitos de jamón york. Cuando lo he dejado en la cama me ha preguntado si no podemos invitar un día a comer a Yahim y a su papá. Me ha dicho que viven allí en el río, en el viejo molino; que para ellos, que vivían en medio del desierto, tanta agua es una bendición de Alá. La cosa se complica. He bajado el aire acondicionado al mínimo, no me gusta que duerma toda la noche con el aire puesto, pero esta noche hace mucho calor; antes de tomarme la pastilla para dormir abriré la ventana de su habitación y lo apagaré. Mientras escribo estas notas, estoy pensando que  he intentado comprar mi  conciencia con los cincuenta euros, y que en el viaje de regreso, por momentos, hasta me he sentido satisfecho y orgulloso de mi hazaña. No puedo engañarme. Me siento moralmente atrapado y sospecho que podría hacer mucho más para remediar la situación de desamparo en que vive esta gente. Para consolarme, me digo que este niño y su padre no han muerto ahogados en el camino hacia un dorado que les da alguna que otra limosna.

Ahora estoy sentado en mi sillón de orejeras. Me he puesto en un platito una onza de chocolate y unas pipas de calabaza; me gusta comer algo dulce mientras veo la televisión después de cenar. Me cuesta relajarme, no me quito de la cabeza a este niño y a este hombre, pero mañana será otro día.

Carlos Carricondo Morales (Jeroma)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “El lago”

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