En la Plaza del Cardoso

En la Plaza del Cardoso

Dicen que las aceras, las fachadas de las casas y hasta el mismo aire están cubiertos de una certidumbre espesa. Dicen que en la Plaza del Cardoso no están permitidos los sueños. Por cada sueño una colleja, en la nuca o en el alma, depende de la edad del soñador.

Dicen que Amparito, la hija de Amparo la costurera y dueña de Retales Amparo –porque al parecer hasta los nombres de los hijos y los establecimientos son de una previsibilidad que exaspera─ quería estudiar y valía para ello. Y que sus gafitas de culo de vaso a edad muy temprana fueron augurio de las matrículas de honor atesoradas durante la etapa escolar. Quería ser médico, decía ella. Parece ser que la muerte prematura de su padre y la incomprensión de su madre y los vecinos obligaron a que abandonara los estudios al terminar octavo. Qué hubieran dicho de ella si hubiera dejado a su madre sola para dedicarse a estudiar. Es extraño, dicen que es feliz a pesar de todo ─esta tela te va mejor; los botones dorados son dos pesetas más caros; ¿cuadritos rosas o azules?─ Dicen que se percibe cuando tiende las bobinas de hilo sobre el mostrador.

Peor dicen que le fue a Susi. La tarde en que Susi, la hija de Evaristo el del Bar Evaristo, anunció en el parque su intención de ser artista se miraron todas con los ojos muy abiertos a la espera de detalles sobre tal revelación, mientras ella se sobaba el cuello de la camisa en un leve gesto de autosuficiencia. Dicen que lo tenía todo planeado y que esa misma noche se lo comunicaría a sus padres y una semana después cantaría por primera vez en una sala de fiestas al otro lado del Manzanares. ─¿Estás segura? Te van a castigar─ parece que le advirtió Maribel aireando sus uñas recién pintadas. ─Imposible, acabo de cumplir los dieciocho. Dicen que las amigas tardaron muchos meses en volverla a ver y que durante algún tiempo pensaron que por fin alguien había logrado escapar de la Plaza del Cardoso y estaría ocupada en su nueva vida de lentejuelas. Pero debió ser pronto cuando comenzaron a llegar los primeros rumores, que si trabajaba en un prostíbulo o que si se había liado con un hombre casado. Todo incierto al parecer, según dicen que se supo después. Parece que nunca llegó a ser una Norma Duval, pero que consiguió ganarse la vida de manera honrada entre camerinos y escenarios. Sin embargo su padre no debió aguantar la presión de las habladurías y una noche, según dicen, la devolvió a su casa de los pelos, literalmente. Aunque han pasado años desde aquello, al parecer Susi no suele hablar de su experiencia y ni falta debe hacer, porque dicen que su mirada triste la delata cuando sirve los cafés con churros en el Bar Evaristo.

Después de haber oído todo esto, todavía dicen que la peor de las suertes la corrió Martina, la pintora, a la que parece ser que tomaron por loca. Dicen que se pasaba la noche en vela conversando con unos seres imaginarios y que su vida diurna transcurría entre óleos y pinceles intentando plasmar sobre el lienzo lo que aquellos seres le decían. También dicen que tomaba hierbas alucinógenas y que el aislamiento al que fue sometida la llevó al suicidio, aunque algunos dicen que lo que ocurrió en realidad es que, en su locura, se tiró por el balcón en un intento de volar. Y todo esto, al parecer, sucedió en la Plaza del Cardoso, donde dicen que no están permitidos los sueños. Por cada sueño una colleja, en la nuca o en el alma, depende de la edad del soñador.

Y últimamente dicen más, incluso dicen que todo es mentira, que la Plaza del Cardoso ni existe ni existió, que es invención de una creadora de cuentos por encargo.

Dicen, dicen, dicen… Que digan lo que quieran.

Lydia Cotallo (Frida)

(Relato ganador del Tintero Virtual, tema “rumores”)

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