En pos de una estrella

En pos de una estrella

Llevaban meses cabalgando. De calurosos desiertos habían pasado a las frías estepas. Cruzaron mares,  ciudades enormes y pueblos pequeños, y su destino aún no aparecía en el horizonte. Eran tres hombres, y uno de ellos portaba un sextante que consultaba de vez en cuando.

—Debemos seguir esa estrella —señalaba Melchor en las noches claras—. Es la que nos guiará en nuestra búsqueda.

Aquella madrugada, las monturas estaban cansadas y el polvo del camino se hallaba incrustado en cada pliegue de sus cuarteadas caras.

—Melchor, ¿estás seguro de que sabes dónde vamos? —Baltasar se estaba impacientando. El sueño que había tenido su hermano mayor y por el que él y Gaspar, su amigo, se habían puesto en camino, podía no ser más que eso, un sueño.

—Sé a dónde vamos, tranquilo Baltasar. —Acababan de entrar en una pequeña aldea y la noche era fría—. Hagamos un alto. Descansemos en una buena cama y tomemos una buena cena. Mañana verás todo mucho mejor.

Se dirigieron a la única posada que había. Por supuesto, no quedaban habitaciones, así que resignados buscaron un establo para guarecerse. Por lo menos estarían fuera del relente, se quejó en silencio Baltasar. Allí encontraron a una pareja con un bebé.

—Vaya, otros que han llegado tarde al albergue. Mucho gusto señores, me llamo Gaspar y estos son mis amigos, Melchor y Baltasar. —Estrecharon las manos a los padres e hicieron una carantoña al niño, que sonrió.

—Soy José y ella es mi esposa, María. El pequeño se llama Jesús. Vamos a la ciudad, El marido de una prima de mi mujer, Isabel, es rico y  me ha ofrecido un puesto en un taller de carpintería. En el pueblo hay poco porvenir. Pero acomódense. Enseguida llevo la vaca y el burro al otro lado del establo, con sus caballos, para hacerles sitio.

Cuando el bebé se durmió al cobijo de la paja caliente, ellos se acercaron a la puerta e hicieron una pequeña hoguera.  María calentó leche recién ordeñada con unas tortas de maíz migadas  y se las ofreció a los recién llegados. Para compensar la generosidad Melchor se echó mano al bolsillo.

—Tome un par de  monedas de oro para que le compre al niño lo que necesite cuando lleguen a la ciudad —les dijo aquel apuesto joven de barba canosa, a pesar de su edad.

Gaspar era médico. Siempre llevaba en sus alforjas tónicos y plantas medicinales que le entregó a María.

—Te voy a dar esta planta con la raíz,  para que la siembres, es muy útil. Se llama abrótano macho. Una planta que sirve para curar escoceduras, rozaduras y cualquier tipo de heridas. Además, cuando se quema, el humo que desprende es un buen ambientador. A mí me sirve cuando estos dos se quitan las botas.

María sonrió tímida y dio las gracias.

Baltasar sacó de la mochila una bolsita.

—Yo soy botánico. He ido recogiendo aquellas plantas que tienen interés y estudio sus cualidades. Te dejo un poco de mirra, es una resina sacada de la corteza  de un árbol criado en tierras lejanas; por allí le llaman Commiphora. Si lo machacas y lo sirves con vino es un buen tónico. Te será útil para cuando el niño comience a echar los dientes, le adormecerá las encías.

El matrimonio no sabía cómo agradecer tanto presente y se pusieron al servicio de ellos si un día pasaban por Nazaret, donde pensaban instalarse. Después de un descanso reparador y de preparar sus pertenencias. Llegaron las despedidas.

—¿Adónde os dirigís, amables caballeros? —preguntó José deseoso de que llevaran la misma dirección.

—Vamos al norte. Mi hermano Melchor sigue a una estrella y  Gaspar y yo, le seguimos a él —explicó Baltasar con una carcajada.

—Buenas suerte y larga vida a todos —dijo Melchor poniéndose en camino.

—¿Pero no me habéis dicho cuál es vuestro destino? —se apresuró a preguntar José que pecaba de curioso.

—El Polo Norte. Se cuenta que está habitado por un mago de larguísima barba blanca y sonrisa bonachona, dicen que deja regalos a todos. Esperamos comprobar que solo es una leyenda.

María Dolores Jiménez García (Marilo)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “Reyes Magos”

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