El hilo de Ariadna (grupo de miscelánea)

La partitocracia española vista desde el otro lado

Este debate contiene 0 respuestas, tiene 1 mensaje y lo actualizó Profile photo of Alejandro Incongruente hace 3 semanas, 2 días.

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    LA PARTITOCRACIA ESPAÑOLA

    Aunque el verdadero significado del vocablo partitocracia es la forma que tienen los políticos, que conforman los partidos de una democracia, de interpretar, o gestionar, la política, yo pretendo, con esta especie de ensayo, definir, o clasificar, la forma de interpretar la política los propios ciudadanos, nosotros, aquellos que disfrutamos, o sufrimos, de la burocracia partidista de nuestra querida España.

     

    Habréis comprobado que no he escrito “país”, que es la nueva forma de llamar a España, como si quien lo hace se avergonzara de expresar esa preciosa palabra: España.

     

    Pero no nos confundamos. No estoy hablando de la España de Franco, ni de la España de la República. Esos sentimientos e ideas ya pasaron a la historia, a la memoria de los tiempos, no para ser olvidados, sino para recordarlos continuamente y no volver a cometer los mismos errores. Hablo de España, nombre de la nación en la que nací.

     

    Volvamos al tema.

     

    Cuando he titulado esta especie de ensayo “La partitocracia española” no estoy haciendo referencia a su significado universal, pues no pretendo hablar de cómo gestionan la política los partidos, sino a cómo manejamos los españoles, los votantes, los que elegimos a los políticos, nuestros derechos a pensar, recapacitar y decidir nuestros votos.

     

    ¿Qué está pasando entre los españoles? Sí, me refiero a nosotros, aquellos que votamos, o no, sufrimos, o disfrutamos, de los resultados de nuestras votaciones libres, independientes y democráticas. Pensad por un momento.

     

    Si estudiamos los resultados de todas las elecciones generales que hemos disfrutado desde que la democracia se asentó en España, observaremos que hay fundamentalmente dos tipos de españoles: 1: Los que votan. 2: Los que no lo hacen. Los primeros somos, aproximadamente, 73% de todos los teóricos votantes, por lo que los del segundo grupo son el 27%. Si lo pensamos bien, este segundo grupo es una cantidad alarmante. Analicemos un poco esta situación.

     

    Si nos vamos a nuestras primeras elecciones democráticas, observamos que el porcentaje de votantes españoles, y aquí lo curioso, en la primera oportunidad que muchos de nosotros teníamos de decir en voz alta lo que pensábamos sobre nuestras ideas políticas, ya el 21,17% de los españoles se despreocuparon del tema. A estos, está claro que ni les interesa la política, ni lo que le pueda ocurrir a España. Dediquemos nuestro pensamiento al resto, al que creo que pertenecemos los que puedan leerme.

     

    Si pasamos a las siguientes elecciones, observamos ya cómo al grupo de los desinteresados, ese 21,17%, se le suma otro 10,79% en tan solo dos años de democracia. ¿Por qué? Para no tener que revisar los resultados de todas las elecciones generales que hemos disfrutado o sufrido, según quien, solo os presentaré la media del porcentaje de abstenciones de la que disfruta España. Es del 26,54%.

    Este incremento del 5,37% que observamos, no se debe al desinterés de algunos españoles por su nación, sino al aburrimiento político de ese 5,37% que ha comprendido algo muy importante, que la mala, incorrecta, podrida o incapaz gestión política de los partidos, nada tiene que ver con lo que ellos buscaban con su voto; que los partidos, tanto el que ocupa el poder como el que se repantinga en la oposición, olvidándose del objetivo de todo partido político que se precie, comienzan la partitocracia corrompida, la que alguien llamó: “La deformación sistemática de la democracia”, porque en vez de dedicarse a cumplir lo prometido durante las elecciones, tanto el que está en el gobierno como en la oposición, ahora solo buscan un único objetivo: hundir y vilipendiar al contrario, al que pudiera hacerle sombra en el poder. Y esto trae unas consecuencias desastrosas para nuestra democracia: El abandono sistematizado de los intereses generales de España.

     

    Si a esto le sumamos la corrupción no política, sino personal, de los políticos que componen los partidos, PSOE, PP, IU, a los que ahora hay que sumar los nuevos partidos, Cs, Podemos… las centrales sindicales, como se está viendo en Andalucía, o sea, a todos aquellos que llegan a ocupar el poder, nos encontramos con una situación como la que estamos viviendo.

     

    ¿Cómo se encuentra España en estos momentos, políticamente hablando?

     

    El bipartidismo, o tripartidismo, que hemos sufrido o disfrutado, según el pensamiento de cada cual, ha empezado a desaparecer. Nacen nuevos partidos políticos que en pequeñas cantidades les van robando votos a los grandes, hasta el extremo que, estos, empiezan a dudar de sí mismos. Pero, observen algo muy peculiar. No piensan ni un solo instante en que la pérdida de votos se debe a la incapacidad de gestión, a la falta de honestidad, tanto política como económica. “¡No, por Dios, eso es imposible! ¿Cómo vamos a dudar de nuestra ética, nuestra moral, nuestra honestidad? Eso son cosas de los periodistas que quieren desestabilizar, Dios sabrá con qué escatológicos fines, nuestro país” (aquí sí escribo país, pues es así como lo denominan nuestros políticos y periodistas) Igual es un término “cariñoso” que yo desconozco.

     

    Antes de entrar en la evolución que los españoles estamos sufriendo como consecuencia de muchos elementos intervinientes, tales como la experiencia acumulada, la ideología política que cada cual tiene como consecuencia de la educación recibida, o por lo visto, disfrutado o sufrido en su familia, amigos, comunidad…, reitero, antes de todo ello, me gustaría hacer un retrospectiva desde el comienzo de la democracia hasta nuestros días.

     

    Después de la muerte de Franco, el pensamiento político español estaba bastante limitado, no por nuestra incapacidad, sino porque después de sufrir una guerra interior, si quiere el lector, llámelo levantamiento nacional, golpe de estado, o como les guste pensar que fue, el hombre que unilateralmente se convirtió en gestionador de nuestro futuro político, ni estaba preparado para ello, ni nadie le pudo aconsejar, ya que en su intento de controlar España, cerró las puertas del exterior y se aisló y nos aisló del resto del mundo. Cuarenta años más tarde, entre el control político, el aislamiento, la falta de libertad de pensamiento, pocos españoles estaban capacitados para pensar correctamente sobre una política lógica para ser aplicada. Nos movían solo tres ideas:

    1: La de aceptación al régimen y su aplicación política.

     

    2: La rebeldía contra la falta de libertad política y odio al tirano.

     

    3: La despreocupación, con más interés en sacar a España de la pobreza en la que la sumió la República y posteriormente la guerra.

     

    Estas tres ideas, una vez devuelta la democracia al pueblo español, se convirtieron en cinco nuevas ideologías políticas:

     

    1: Los que aceptaban a fe ciega la política de Franco y pasan a formar la extrema derecha española.

     

    2: Los que vivieron despreocupadamente de un ideario político y solo se dedicaron a trabajar y disfrutar y que ahora pasan a formar el nuevo centro derecha español.

     

    3: Los que necesitados de participar en política fueron reprimidos durante tantos años y que aquella represión se convirtió en odio ciego al sistema y que pasan a formar la extrema izquierda española.

     

    4: Los que igualmente necesitados de expresar su pensamiento político, más basado en otras doctrinas distintas al capitalismo y entendiendo que el gobierno es el que debe manejar todos los hilos políticos y económicos de España, pero desde unas elecciones democráticas y abiertas y pasan a formar el centro izquierda español.

     

    5: Los desinteresados absolutamente de la política que, siguiendo con su forma de pensar, siguen con su ideario político, o sea, ninguno, y que pasan a formar la abstención permanente española.

     

    A partir de ese momento comienza a correr y desarrollarse la nueva democracia española. Entiéndase que escribo exclusivamente de la partitocracia de los ciudadanos, no de los partidos políticos, aunque estos estén compuestos por ciudadanos.

     

    El pensamiento político de nosotros, los ciudadanos, se va formando al mismo tiempo que la democracia se va implantando y aplicando, pero solo el 21,17% sigue impertérrito a esta evolución, a este cambio. Olvidemos pues a estos conformistas.

     

    A medida que el pensamiento político se va formando por la experiencia y junto con que los viejos españoles van desapareciendo, el concepto político del ciudadano cambia. Los extremismos pierden fuerza, ya que por muy torpes que seamos, nos vamos dando cuenta de que el extremismo, tanto en la política como en cualquier otra parcela de nuestro convivir es negativo y perjudicial, tanto para nosotros como para nuestras relaciones con el mundo. Nos vamos centrando poco a poco y esa tendencia va dando como resultado el bipartidismo.

     

    Pero, ese bipartidismo, muy en contra de nuestras ideas políticas, da paso a la partitocracia de los partidos. Empiezan con el incumplimiento de las promesas electorales, engañando a unos y a otros, van corrompiendo el poder y, poco a poco, se van corrompiendo ellos mismos. Ante esta situación, ¿Cuál sería la lógica reacción del electorado, tanto de centro izquierda como de centro derecha? La decepción nos debería llevar a la protesta generalizada; no hablo de huelgas o similares, hablo de votaciones en blanco, tanto para el partido en el poder como para la incompetente oposición. ¿Qué pasa entonces con los ciudadanos españoles? Algunos reaccionan; exactamente, el 5,37% que, decepcionado y asqueado de tanta podredumbre, deja de asistir a  las votaciones y la abstención sube hasta ese fatídico 26,54%.

     

    ¡Es que no nos damos cuenta! ¡Estamos hablando de más de la cuarta parte de los españoles!

     

    Bien, la cuarta parte, haciéndose la pregunta de: ¿Para qué me voy a molestar si todo es lo mismo de lo mismo?, deja su responsabilidad colgada del perchero de la entrada y se va a tomar una cerveza con los amigos a criticar tanta podredumbre.

     

    Pero aún nos queda en la cartuchera las otras tres cuartas partes de los votantes. ¿Cómo reaccionan ante tanta falta de ética, de moral, de honradez, de vergüenza? Unos, los menos, como tienen los carnets del partido en el bolsillo, siguen votando a “su partido” con la ceguera propia del que no quiere ver nada, del avestruz que mete la cabeza en el agujero, y siguen dando su voto al partido, haga lo que haga. Cuando a veces, los que nos sorprendemos de dicha reacción le preguntamos: ¿Por qué sigues votando a esos sinvergüenzas? Te contestan con toda la convicción del mundo: ¡No pretenderás que vote a los otros! ¡A esos nunca, antes la muerte!

     

    Hay más tipos de votantes “presos” de sus partidos. Aquellos que económicamente protegidos por sus partidos, tienen la obligación de darles el voto, hagan lo que hagan.

     

    El tercer grupo de los votantes son aquellos que unas veces votan al centro derecha y otras al centro izquierda, según la corrupción corrompa más a uno o a otro lado.

     

    Querido y paciente lector, no busques más justificaciones a nuestras reacciones ante los desmanes políticos de unos hombres y mujeres que, apoyados en el poder que nuestros votos les han concedido, prevarican, roban descaradamente, conceden privilegios a sus amigos para que estos se los devuelvan en efectivo, incumplen promesas porque ya no nos necesitan (hasta las próximas elecciones).

     

    ¡No, amigos, no! No creáis que estamos viviendo algo único en la historia de la humanidad. Esto ha pasado tantas veces a lo largo de los siglos que podría estar hasta catalogado en algún breviario sobre política.

     

    Y ¿cuál sería la lógica solución a este problema? Lógicas soluciones no sé si las hay, pero los pueblos del mundo de una u otra forma han reaccionado ante esta situación. Unos con levantamientos en masa contra el poder. Otros con asesinatos individualizados, otros derrocando militarmente el poder democráticamente establecido y, en algún raro caso, hasta dialogando.

    Pues aquí lo resolvemos a nuestro buen entender: Creando tantos partidos políticos como colores tiene el arcoíris.

    Consecuencias directas de tamaña solución. La primera es que, en España, cada vez hay más políticos y menos ciudadanos votantes. Luego hablaremos de las demás consecuencias. Pero analicemos esta. Al haber más políticos, cada vez hay que alimentar más bocas del erario nacional. Lógicamente, el aumento de políticos disminuye el número de ciudadanos de a pie que sigan llenando las arcas del Estado, el resultado es que la deuda exterior sea cada vez mayor, ya que con lo que la Agencia Tributaria ingresa no puede alimentar a tanta boca política, ¿Sólo la deuda exterior? ¡Oh, no, hay un filón todavía por explotar: Los impuestos! ¡Hay que subir los impuestos! Y nosotros cada vez con menos dinero y con más trabajo porque cada vez hay menos trabajadores y más funcionarios. ¿Hasta cuándo?

    Pero muchos políticos, ávidos de crear puestos de trabajo para sus compañeros de partido, se inventan las autonomías. Se repiten las administraciones, las gestiones que los ciudadanos tenemos que hacer ante la Administración y, después de cuatro años, a votar como borricos a “los nuestros”.

    ¿Nuestros, por el amor de Dios?

    Analicemos ahora unas cifras terroríficas. España tiene una población total de 47 millones de habitantes. De ellos, 18.394.200 conformamos la población activa y 2.659.000 conforman el grupito de los funcionarios. De entre ellos, aproximadamente 450.000 son políticos.

    No niego que los funcionarios paguen impuestos. ¡Hasta ahí podríamos llegar! El problema es que estos funcionarios pagan una media del 21% de lo que cobran en impuestos. ¿De donde salen el restante 79% de dichos ingresos? De los sueldos, negocios y demás riquezas del resto, o sea, fundamentalmente de los 18.394.200 españoles activos. No os presentaré aquí los cálculos pero habréis de saber que del total de ingresos que la población activa hace a la Hacienda Pública, el 18% se va a salarios de funcionarios.

    ¡No importa! Dirán algunos, aún quedan fondos y los partidos seguirán creciendo.

    Pasemos ahora a analizar otra parte de la partitocracia española, pero en este caso, solo como referencia, será de la política.

    Observen ustedes que sea el que sea el partido político que sube al poder, gracias a nuestra generosa contribución de votos obligados, comprometidos, cautivos, o libres, tocan impuestos, tocan patrimonios de los ciudadanos, pero jamás, reitero, jamás tocan sus privilegios: Sueldos elevados, gastos de transporte, asistencias al Congreso y al Senado, viajes políticos a otros países y, lo que es más importante, jamás han tocado sus privilegios y, cuando pierden las elecciones y dejan sus puestos, siguen cobrando de las arcas del Estado español. Algunos hasta más de lo que cobraban cuando estaban ocupando un puesto en el gobierno. Pongo un ejemplo. El “gran catedrático” (y mi irónica adjetivación se me queda bastante cortita) de la política española de los últimos mil años, el señor Zapatero, por derecho propio del puesto, por el buen trabajo ejecutado es ahora, entre muchas otras cosas, Consejero de Estado; por supuesto cobrando. ¡Sí, lo sé! Al igual que el señor Aznar y el señor González. Pero, por favor, seamos justos y no comparemos gestiones, pues si las igualamos, entonces creo que estoy escribiendo un absurdo.

    Ahora, busquen entre los viejos y nuevos políticos uno solo que entre sus promesas, que luego incumplirán, esté la de borrar de golpe todos los derechos a esos privilegios, o dejar de ser aforados y depender de la justicia ordinaria para todos sus actos, públicos o privados. Os pondré un sencillo ejemplo de mi imparcial propuesta. Cualquiera de nosotros llega a un puesto de trabajo por elección abierta de la empresa. Cobraremos un sueldo estipulado, unas dietas determinadas… pero solo hasta que nuestro contrato termine. En ese momento, se hará una liquidación total y no cobraremos de dicha empresa nada más. ¿Por qué sí los políticos? Sencillamente, porque ellos dictan las leyes y estás jamás irán contra sus privilegios. ¡¡¡Sigamos votándoles!!!

    Pero aún no he terminado este ensayo. Hemos llegado a la actual situación política, vista desde el lado de los que la sufren, no del lado de los políticos que son quienes la disfrutan.

    Nos encontramos ante una nueva situación. Un gran abanico político de posibilidades, unas ya cercanas elecciones y unas dudas enormes en nuestras mentes. No dudamos de a quien votar, sino si merece la pena votar a alguno de los que pretenden mantenerse en el carro del vivir a costa de, o a quienes pretenden subirse a ese carro para poder vivir también a costa de… ¿De quien? Por supuesto, de nosotros.

    Esta es nuestra situación, pero la de ellos tampoco es muy optimista. Los grandes partidos viendo como los pequeños les están arañando votos que, de seguir así, terminarán por dejarlos fuera de combate. Sin embargo, en vez de intentar renovarse, no con nuevos candidatos, sino con nuevas ideas y que sean cumplibles, se están peleando entre sí para ver si pueden hundir más al contrario; como si el contrario no estuviese ya medio hundido. Así les va, pero mientras las bases y los cautivos no decidan dar el golpe de estado y destruir el partido, los dos millones de votos fijos seguirán votándoles hasta la muerte. ¿Quién y con qué razonamientos podría convencer a estos votantes de que se están haciendo a sí mismos un mal irreparable y también se lo hacen a España? Yo no pretendo que le den el voto a “los otros”. Pretendo que desde las bases cambien los partidos, los hagan más cercanos a sus realidades, más honestos con sus promesas y comportamientos. Pretendo que de una condenada vez, todos los españoles que quieren pertenecer a un partido político, entiendan que cualquier partido político no es más que una agrupación de españoles con las mismas ideologías políticas con un UNICO FIN: MEJORAR ESPAÑA Y ESTAR A SU COMPLETO SERVICIO ¡Si, en mayúsculas, que parece como si hubiésemos perdido el norte de nuestra responsabilidad política! ¡Señores, que no hay que ser católico, ni religioso, para tener ética y moral! No debemos llegar al extremo de convertir en morales las acciones deshonestas de nuestros políticos, pues si esa forma de actuar se convierte en costumbre, como “moral” procede del vocablo “morales: relativo a las costumbres”, todos dirán que es moral actuar así y ya no podré hablar de moral, solo de ética.

    Aún tienen estos votantes de base y cautivos otra opción que posiblemente  sea más contundente y a la que otros votantes no de base ni cautivos podríamos unirnos: Votar en blanco. Votar siempre, pues nos lo exige nuestra condición de ciudadanos y nuestra ética; además, porque si votamos tendremos derecho a quejarnos. Como decía aquel buen amigo mío de Cádiz: “Yo solo voto para poder luego protestar”

    Los que no somos votantes de base ni cautivos, bastantes más de los 8.000.000, también podemos votar en blanco y esto obligaría a todos los partidos a recomponer sus comportamientos, a proponer nuevas normas que les controlen a ellos, no a nosotros, que los aten de pies y manos, que se legalicen ciertos trámites para que cuando la corrupción aparezca en sus alrededores, los ciudadanos tengamos los medios suficientes para mandarlos a casa y que dejen el sitio a otros. No pienses, querido lector, que porque otros ocupen los lugares de los actuales van a ser más honrados y honestos. No, lo sé, pero siempre se empieza con una cierta vergüenza, que se va perdiendo con el tiempo en el poder. Somos humanos, por supuesto y es innato en nosotros actuar deshonrosamente, salvo raras excepciones. Pero si quien comete un atropello político va a la cárcel, la próxima vez los demás políticos se lo pensarán mucho más.

    Una de las posibles formas de mejorar sería que todo el cuerpo del poder judicial sea elegido por el pueblo, no por los políticos o, a lo sumo, por un consejo superior de jueces con una edad mínima superior a los sesenta años. Siempre he pensado que algo tendrían los antiguos sistemas democráticos, como griegos y romanos, para componer sus consejos solo con los ancianos. Primero, porque tenían más experiencia y conocimientos. Segundo, porque con la edad, se van perdiendo la avaricia, la necesidad de poder, la ambición y eso les hace ser más ecuánimes y les mejora ante mis ojos.

    Yo he votado a muchos y diferentes partidos; unas veces, al principio de la democracia, dejándome llevar por la verborrea de los políticos; luego, con la experiencia, por los resultados de sus gestiones, cambiando a la oposición cuando entendía que ya estaban demasiado “gastados”. Tengo amigos hasta en el infierno pero, a diferencia de los votantes de base, yo no le niego el saludo a nadie y, menos aún, odio a nadie porque políticamente vote a otro partido, sea el que sea. Esto me ha permitido comentar cosas, tanto con votantes del PSOE, como del PP y de IU. Es curioso ver cómo han ido cambiando sus intenciones políticas, hasta el extremo de que últimamente muchos me dicen que no van a votar a las próximas elecciones. Yo les digo: “…Pero si tú eres del partido, de base desde siempre…” Y me contestan, bastante tristes por cierto: “Sí, amigo, pero esto no es lo que yo pensaba. Antes había algo que ha desaparecido, que era el amor por nuestro país (ellos si le llaman país) Ahora solo impera el amor por el partido y esa no es la ideología por la que luchábamos” Yo les animo a votar en blanco, aunque no sé si conseguiré hacerme entender para qué sirve el voto en blanco. Quizás ni yo mismo lo sepa.

    Y después de todo esto, cuando ya casi nada queda que merezca la pena mantenerlo en pie en España, aparecen los nacionalistas.

    ¡Joder! Perdonadme, pero no existe otra expresión que se identifique más con lo que siento al ver esto. Cuando el mundo se está globalizando, se rompen fronteras, se acercan naciones que antes ni se conocían casi, vamos los españoles y decidimos que queremos pertenecer a naciones independientes; a federarnos, como defiende el PSOE, para aumentar más los gastos públicos y que haya más políticos y funcionarios.

    ¡Joder! Repito, reitero y mantengo. ¿Es que nos van a crecer los enanos del circo que tenemos montado?

    Yo, como primera norma a cumplir a rajatabla para presentarse a las elecciones generales, establecería por ley que para ser reconocido como partido político, se deberían presentar un mínimo de 2.000.000 de firmas, y creo que me quedo corto. Con este sistema podríamos llegar a tener hasta 9 partidos en danza entre los que dar nuestro voto. Y a aquel partido que habiendo ganado las elecciones últimas no haya cumplido con sus promesas electorales y obligaciones políticas, todas, no solo tener éxito en lo económico y permitir otras aberraciones nacionalistas, yo los pondría en solfa para las siguientes elecciones. ¡Sí, así de claro! El que no cumpla pierde la vez y pierde la oportunidad de pasar a la cómoda oposición durante los siguientes cuatro años. A casa a trabajar, ganarse el pan de cada día y pagar impuestos para que vivan quienes les sustituyen.

    Como resumen a esta especie de recapacitación política. ¿Qué hacer para cambiar esto? Yo, pobre de mí, ya jubilado y aburrido de tanta desvergüenza y desastre políticos, solo puedo colgar esto en la red por ver si un lector, por lo menos, tenga la curiosidad y bondad de leerme y hacerle pensar. Ya con diez lectores me consideraría feliz y si uno de ellos decidiera hacer algo y ese algo pusiera en movimiento a miles de ciudadanos españoles a los que cuando hablen en la radio o la TV digan siempre ESPAÑA y no este país, entonces me consideraría un héroe.

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