La Cola de Caballo

La Cola de Caballo

La visión del granizo sobre el parabrisas producía en Gabriel una sensación de melancolía; revivía una y otra vez los acontecimientos acaecidos la última semana. Miró hacia el asiento del copiloto, vio la bolsa que lo ocupaba y chasqueó la lengua. Sabía que debía dejar a un lado sus cavilaciones; lo sucedido no tenía remedio.

Los kilómetros se le hacían eternos. Dejó atrás Madrid y aún le quedaban varias horas de viaje hasta arribar a Monte Perdido. Quería llegar cuanto antes y a la vez sentía que cuando concluyera el motivo de su viaje, su vida quedaría vacía, sin aliciente ni futuro. Desde Cáceres no había realizado ni una sola parada. Se detuvo, echó gasolina y  aprovechó para tomarse un café y estirar las piernas. A los quince minutos estaba conduciendo de nuevo hacia su destino.

Pulsó la tecla de la radio y sintonizó un canal de música clásica. Al momento le vino a la mente una imagen de veinte años atrás. Por entonces sus amigos y él eran jóvenes y pensaban comerse el mundo. Se alojaron en el Parador de Monte Perdido y allí descubrió a una camarera que les sirvió la tarta de su veinticinco cumpleaños.

Al día siguiente, aún con resaca, el grupo se adentró en la ruta que va desde la Pradera de Ordesa hasta el circo de Soaso para contemplar el salto de agua de la Cola de Caballo. Ya no recordaba cuantas veces había vuelto a aquel paraje. Por la noche fue el primero  en bajar a cenar y escogió la misma mesa. Amalia, la camarera, apareció antes de que llegaran sus amigos.

—¿Eres de Bielsa? —preguntó Gabriel.

—Sí, y no puedo imaginar un lugar mejor para nacer.

No volvieron a verse hasta el tercer día en que el joven fue al comedor con media hora de adelanto. La cuarta noche quedaron para verse fuera del parador y comenzaron una relación que acabó en la vicaría.

Acababa de cruzar Zaragoza cuando escuchó por la radio que había aviso de temporal de nieve en Ordesa. Sin embargo, Gabriel confiaba que las carreteras no estuvieran cortadas.

El coche olía a Amalia. Tras un año de noviazgo, celebraron  la boda en la iglesia parroquial de Bielsa acompañados por la familia más cercana.

—No puedo imaginar un mejor sitio para vivir —le había dicho su esposa mirando a su alrededor cuando salieron del convite en el parador y se dirigían al coche que les conduciría a Cáceres—. Prométeme que vendremos a menudo.

Empezaron su convivencia en un pequeño apartamento y fueron prosperando poco a poco. Cuando Gabriel consiguió el puesto de director en una empresa farmacéutica decidieron ampliar la familia. Amalia ya había cumplido treinta y cinco años y era el momento idóneo. Al pasar doce meses sin quedarse embarazada, consultó a su ginecólogo. En la ecografía vieron una masa tumoral; en ese momento no le dijeron nada más. Tras realizarle otras pruebas, les confirmaron que era cáncer y estaba muy extendido.

Gabriel llegó al parador cuando la sombras de las hayas se fundían con la noche. Le dieron la habitación que año tras año reservaban. Colocó la bolsa  sobre la cómoda y pasó la noche en un duerme vela, dándole vueltas al motivo de su visita a la montaña.

Cuando el día comenzaba a clarear bajó a la cafetería. No llovía, no nevaba, podría subir hasta la cascada de la Cola de Caballo sin que el tiempo se lo impidiera. Una vez  alcanzado su destino contempló el panorama. La intimidad estaba asegurada. Las nubes grises dejaron que un tímido sol se asomara buscando reflejarse en las aguas cristalinas. Sacó de la bolsa una caja de madera. Con manos temblorosas la abrió y, tras dejar que las lágrimas corrieran por sus mejillas, fue esparciendo lentamente su contenido.

—Amor mío, elegiste esta tierra para nacer y renunciaste a ella por seguir mis pasos. Ahora soy yo el que no puede imaginar un lugar mejor para que descanses mientras me esperas.

Margarita García Pacios (marga)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “La montaña”

 

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