La última oportunidad

La última oportunidad

Desde la parada del autobús, vi a un hombre mayor que salía de un bar dando trompicones. Sus andares inseguros le hacían abrir los brazos para no perder el equilibrio. Llevaba la gabardina abierta a pesar del frío, lo que dejaba ver su cuerpo abrigado en capas como una cebolla, con prendas de diferentes larguras y colores. En una mano llevaba una petaca plateada y en la otra, un cuenco de metal con el que trataba de pedir limosna a los que pasaban a su lado.

—¡Eh! La petaca está llena de agua. No vaya a creerse que…—consiguió decir tratando de enderezarse y no caer al girar la cabeza para responder al que le había llamado “cerdo borracho”.

—¿No le sobra una moneda? —dijo , acercándole el cuenco, a una mujer que se apartó de su lado como si fuera portador de una enfermedad contagiosa—. Oiga, es para comida.

—¿Creen que estoy borracho? Pues no. Miren lo sobrio que estoy. ¿Ven como ando derecho por la línea de baldosas de la acera? ¡Lo que estoy es hambriento! —gritó a todo el que quiso escuchar.

Como un funambulista consumado, fue recorriendo aquella calle que parecía oscilar para él, sin tropezarse más de la cuenta con sus pies hasta llegar a la esquina, donde se desplomó sentado. Puso el cuenco entre sus piernas dispuesto a dormir la mona con la esperanza, supongo, de encontrar, al despertarse, una limosna que le permitiera comer algo.

La gente pasaba sin apenas mirarle; sólo algún niño volvía la cara con curiosidad. ¡Bendita inocencia!

Desde la parada seguí observando. Ya había pasado el autobús, pero no lo cogí y permanecí absorto en la escena. Pensé que aquel hombre moriría en la calle. El frío era cada vez mayor. Vi cómo flexionaba sus piernas y se encogía sobre sí mismo para defenderse del viento. Ahora, ese fardo gris era del todo invisible para los demás.

Crucé la calle sin saber muy bien qué iba a hacer. Miles de excusas se agolpaban en mi cabeza para pasar de largo, como he hecho otras veces, y no sentir lástima. Pero esta vez, no podía soportar ver como un hombre, borracho y pobre, pero no por ello menos hombre, tenía un   destino peor que el de un perro callejero.

Dejé caer un puñado de monedas que tintinearon sobre el cuenco. El viejo levantó la cara, sorprendido por tanto ruido. Sus ojos, todavía erráticos, miraron el dinero y luego se fijaron en mí. Quiso levantarse y no pudo. Quiso darme las gracias y la voz se le quebró.

— Venga, apóyese en mí. Buscaremos un lugar caliente para pasar la noche.

—No hace falta, chico, con un par de vinitos volveré a entrar en calor. Luego, dormiré en la estación del metro.

—Haremos lo que quiera, pero primero tiene que beber agua y comer algo.

—¿Ha dicho agua?

—Sé que es difícil dejar el alcohol, pero hay gente que lo consigue. Le presentaré a algunas personas que podrán ayudarle.

—No es un plan que me apetezca seguir—dijo entre dientes.

—Creo que ha llegado a un punto en el que no tiene opciones. Trataré de que cambie de opinión.

Una vez puesto en pie, el hombre me miró de frente y dijo:

—¡Roberto! Ahora caigo. Esa voz, esa mancha en el carrillo, esa cicatriz en la frente del golpe de un columpio. Sé que eres tú. Pensé que moriría sin volverte a ver —dijo emocionado—. Estás hecho un hombre. Se nota que la vida se ha portado bien contigo.

—¿Papá…?

Mar Lana (Lana)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “alcohol”

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