Laplana

Laplana

Bola tres amarilla lisa  a tronera media derecha. El polvillo de la tiza azul resbalaba incluso hasta los zapatos relucientes de Ernesto Laplana. Un ojo verde y otro azul. A lo Bowie, todo el mundo se lo decía. Como quien tiene un galgo y todo el mundo quiere acariciarlo. Tienes los ojos de Bowie. Sí, pero yo no soy glam, hermano. Yo soy Ernesto Laplana, cantante de la orquesta Los zafiros, que en 1986 tocó junto al gran Raphael  en la sala de fiestas Las palmeras de Valencia.

Hace mucho ya de eso. Solo quedan los billares. Desde la oscuridad del humo y el olor casi sólido de la madera y el alcohol se ve a través de una ventana mugrienta lo que vive de Las palmeras. Un edificio medio derruido y restos de un neón. La pe, la a, la ele y un poco más a la derecha el resto de lo que debió ser el tronco y las palmas iluminadas de la sala más flamante del Levante.

El taco se desliza sobre las manos finas de Ernesto Laplana. Manos de señorito, de crooner, de noches deleitando a mujeres de satén. El abrazo de Raphael en el escenario. Él entre bambalinas viendo cada gesto, absorbiendo la esencia del maestro, su aura, sus pequeños pies, su energía vital engullendo el mundo en la mayor. Allí estaba Maite también. Radiante. Malvada. La mirada de ojos verdes que atravesaban el alma y el sexo.

Un golpe seco restalla y la bola tres lisa amarilla rebota en la esquina de la tronera. Mierda. Cincuenta euros que bien valdrían para una noche de juerga a la mierda. Con sesenta y cinco años Ernesto Laplana ya tiene el culo pelado. Otra noche en casa. Cocer un par de huevos con pimienta, algún resumen de fútbol o una película de soldados americanos triunfantes.

Está la  noche fresca. Algún taxi transporta despojos de martes hacia la madrugada. A lejos la cacharrería del camión de la basura escurre los recuerdos del día. El sonido de las suelas gastadas. Se atusa el poco pelo que imita un tupé ajado. El eterno aspirante. Ernesto Laplana, nada que envidiar a Julio Iglesias, un crooner, un Frank Sinatra en mitad del Mediterráneo. Así rezaba el dominical del País. De las Palmeras a la discográfica de Madrid. Viajaron en un 1430. Él y Maite. Maite estaba embarazada. Se lo dijo a la altura de Albacete. Con un cigarro en la boca abrasada de carmín y ojos de odio, de rabia, de asco. Paró en medio de la nacional y bajó del coche. Ernesto Laplana, crooner y padre de familia. Miraba a la llanura castellana. En el radiocasette Raphael cantaba La quiero a morir:

Conoce bien cada guerra, cada herida, cada ser

Conoce bien cada guerra

De la vida y del amor también

Me dibuja un paisaje, me lo hace vivir

En un bosque de lápiz se apodera de mí. La quiero a morir

Un tercero sin ascensor. Cada vez se hacía más duro con todos esos tornillos que recorrían su tibia. El agua hervía a borbotones y los huevos bailoteaban alegres. Encendió un cigarro, cerró los ojos y se vio en Albacete. No era tan malo. Empezar la vida al estrellato con Maite. Maite, tan fría y tan bella. Tan Maite. Quería conocer Madrid, las discográficas, Madrid, Natalia y la jet-set. Ernesto sabía que él le importaba un carajo, pero la quería. La quería porque en el fondo de esa gélida coraza había lo que él más amaba. La cálida fragilidad de un corazón perdido.

Rompió la cáscara de los huevos. Pimienta, sal. Abrió una lata de  Alhambra. Dio un trago largo. El tacto de los labios en el fino metal. Seis vueltas de campana. Ni crooner, ni Maite, ni su niño, ni Raphael, ni nada. Un amasijo de hierros. La mirada para siempre fija de la frágil mujer que quería hallar su mundo, que nunca aprendió a querer. En 1986 habría metido la bola tres amarilla lisa a la primera en la tronera del medio a la derecha. Con los ojos cerrados. Los ojos de Bowie.

Tom Joad

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “Frustración”

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