Las joyas de la abuela

Las joyas de la abuela

La habitación estaba en penumbra. Juan y sus hermanas permanecían junto a la médium, con las manos unidas y los ojos cerrados, cuando de pronto notaron una corriente de aire y los cierres de las ventanas gimieron con un ruido metálico.

La médium comenzó a temblar y detrás suyo se condensó lo que parecía el blanco espíritu de una mujer. El temblor de la médium se acentuó cuando la fantasmal figura se le acercó, y en el momento en que se introdujo en su obeso cuerpecillo profirió un grito y se enderezó bruscamente.

Juan y sus hermanas abrieron los ojos y miraron a la médium, por cuya boca brotó una voz enérgica que todos conocían bien. La voz de su madre.

—Me resulta extraño que mis dos hijas quieran saber nada de mí… Podría creerlo de ti, hijo, pues fuiste el único que se preocupó de que me tratasen bien en aquella residencia, pero no de este par de arpías. ¿Qué queréis? ¿Por qué me habéis invocado?

— ¿Eres tú, mamá? — preguntó una de las hermanas.

— ¡Claro que soy yo! Y daos prisa, porque estar dentro del cuerpo de esta mujer no es agradable. Le gusta el vino más de lo debido.

—Papá ha muerto.

—Hija, tú siempre tan tonta. Acabo de dejarle hace un instante para acudir aquí. Me ha contado lo de sus últimos minutos. Los tres rodeando su lecho de muerte… ¡Qué hipocritones sois!

—Queríamos saber si nos iba a dejar algo en herencia.

—Ya me lo imaginaba. ¿Y qué os contestó?

—Que en cuanto muriese acudiésemos al notario de la familia. Pero nos advirtió que no nos hiciésemos ilusiones, que vivía prácticamente al día de su pobre pensión.

—Algo más os habrá dicho para que me invocaseis.

—Nos ha hablado de las joyas de la abuela.

— ¿A sí? ¿Y qué os ha dicho?

—Que la abuela coleccionaba joyas de gran valor. Y que tú las guardabas en un cofre. Esperaba que algún día las repartirías entre nosotras.

—No digo que no. Cuando erais niñas todavía podía esperarse algo bueno de vosotras.

—Papá dijo que las escondiste en algún lugar secreto. Fue al principio de tu enfermedad. Y que te pidió que le dijeses donde se hallaban las joyas, pero te negaste en redondo. Luego empeoró tu Alzheimer y… y habíamos pensado que ahora que ya no te sirven tal vez querrías decirnos donde están.

—Vuestro padre no sabía la verdad. Cuando comencé a notar los primeros síntomas os oí hablar de una residencia y comprendí que ibais a deshaceros de mí. De modo que una tarde tomé el trasbordador y arrojé las joyas al fondo del mar.

Las dos mujeres se pusieron en pie de un salto. Una de ellas llevó las manos al cuello de la médium y comenzó a sacudirla.

—¡Dios mío, hacerle eso a tus hijas!

— ¡Mala madre! ¡Tendría que matarte!

— ¡Dejadla en paz!

Curiosamente a Juan, el intervenir frente a sus hermanas en favor de su madre le produjo cierta satisfacción y como un sentimiento de ternura.

—Esa pobre mujer no tiene la culpa. Mamá sólo está utilizando su cuerpo.

— ¡Sentaos y cerrad los ojos! —gritó la madre con su autoritaria voz.

Como cuando eran niños, se sintieron incapaces de desobedecerla. Hicieron lo que les mandaba y guardaron silencio. Al instante el blanco espectro abandonó el cuerpo de la médium, aproximó su boca fantasmal al oído de Juan y le susurró: “Junto al pozo, detrás de la casa”. A continuación hizo algo sorprendente para un espíritu semi materializado: le dio un beso y desapareció.

El notario leyó el testamento. Habían heredado una pequeña casa cerca del puerto, con un jardín y un pozo, que con la expansión de la zona industrial quedó rodeada de contenedores y montones de escoria.

—Por voluntad expresa de su esposa, su padre nunca quiso venderla. Pero ahora, teniendo en cuenta que es imposible vivir allí les sugiero que lo hagan. Conozco a un consignatario de buques que quiere aprovechar el terreno. Pueden sacar unos miles de euros para cada uno.

Por una vez los tres hermanos estuvieron de acuerdo.

Sentado frente al flamante televisor curvo de 60 pulgadas en su nuevo piso en las afueras, Juan tomó su vaso.

—Gracias, mamá. Te quiero.

Y tras brindar al aire se acabó el güisqui de un trago.

Josep Piqueras (JPiqueras)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “Testamentos”

 

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