Luna llena

Luna llena

La tarde de trabajo había sido larga en el taller de ebanistería. A veces ocurre, que la luz de las tardes de verano se prolonga interminablemente, sobre todo en junio, recreándose hasta el agotamiento. José  se movía alrededor de la sierra grande con los brazos llenos de serrín, ensimismado en su quehacer. Ya no era solo el serrín en los brazos y en la cara, sino además, en  sus desgastados vaqueros, en la camiseta casi blanca y en los rizos del pelo negro. Recibía el tablón que salía de la cadena de producción y, con la palma de la mano, aunque enguantada, lo acariciaba con esa codicia que tienen algunos hombres que consiguen, con un gesto, hacer suyo lo que señalan: en este caso la veta, el tacto sedoso de la madera trabajada, el color, el olor que trasciende a la arboleda y al mueble que conformará el paisaje cotidiano de un hogar. Y cómo no, a  las manos que se apoyarán en él, ya convertido en mesa. Cierra los ojos y piensa: las manos , manos amorosas, y los ojos, ojos que quizás estudien esta veta que será excusa, claro, mientras la imaginación corre a horcajadas en un plateado rayo de luz.

Tirando del guante, se acerca a la ventana y mira. Hacia arriba. Se lo sabe de memoria porque lee el calendario todos los días desde la última luna: hoy día 20, luna llena en sagitario a las 11, 02. Sabe que, redonda, está allí arriba, aunque él no la vea. Lo sabe a ciencia cierta, y está tranquilo porque, esa certeza, nadie puede arrancársela: hoy es luna llena. Desanda toda su trayectoria en el taller y va colocando la herramienta. Se sacude la ropa. Aparta el tablón que acaba de preparar para el nuevo mueble y pasa su mano sobre la mesa,  prácticamente terminada, ya sin guante. Vuelve a imaginarse sobre ella las manos blancas, la mirada sumisa, el silencio, la sopa caliente que humea, el entrechocar de la cuchara sobre la loza, esa boca fresca donde esta se apoya como en una caricia… Los labios, sobre todo los labios, y la naricilla. Y, encima de ella, los ojos reflejando la luz, recogidos por el arco de las cejas, ese afán domesticador sobre  la mirada libertaria que se prende cada vez que enfocan sobre el horizonte, pero no  a lo lejos, no; a lo alto. ¿Hay horizonte ahí arriba? Lo hay.

La mesa no es muy grande, para seis comensales. Ha sido un encargo de las Hermanas del Monasterio de la Asunción. Lleva trabajando dos meses en ella, más lo que va de este, dilatándose en cada detalle. Y mientras la mira, piensa que ya está casi terminada. Aquella otra tarde de marzo, con noche de luna llena, les había dicho la Madre Superiora que en el convento cada vez  eran menos las monjas que en él vivían, así que iban cerrando las salas más grandes y acomodando las pequeñas, a favor de un ahorro de calefacción de cara al invierno y que por eso, había que amueblar un nuevo comedor. Aquella tarde había acompañado a su patrón al convento para inspeccionar la sala y ajustar la medida de los muebles. Un comedor para seis hermanas: las que quedaban en la orden. Tres de ellas muy jóvenes, dos más mayores y la Madre Superiora, la más vieja. Les recibió la Madre acompañada de una de las hermanas más jóvenes, tan tímida, tan discreta, que casi parecía invisible corriendo detrás de la Madre con sus pasos chiquitos sin levantar los ojos del suelo. Ese caminar de geisha junto a la Superiora, el sonido sordo del manteo , no ver ojos pero sentirse vigilado y la sensación de una alegría  contenida, le hizo gracia a José. La Madre les explicó: debían aprovechar los muebles posibles del comedor grande, las sillas, por ejemplo; una alacena más pequeña, que solo contenía la cristalería de la vajilla grande, serviría para los seis juegos completos; el aparador, tipo mostrador, para apoyar cosas: los manteles, cubiertos, y el cortador de pan. La mesa y las seis sillas. Midieron la habitación y calcularon la mejor manera de optimizar el espacio, puerta y ventana. El patrón tomó notas en su libreta y se despidieron.

—Acompaña a estos señores a la puerta, hija, que ya se van.

Y, delante de ellos, con las manos recogidas debajo del escapulario les condujo silenciosa a la puerta.

—Buenas tardes les dé Dios—. Sonrió, cerrando la puerta tras salir ellos.

Las tardes de marzo son igual de largas que las de junio pero con menos luz, así que, cuando salieron del convento ya era de noche, y la luna llena se explayaba sobre los tejados rojos, sobre el empedrado. Montaron en la vieja furgoneta, hablaron de aquel tiempo en que el monasterio  en pleno apogeo, era un hervidero de hermanas (a José no le alcanzaba la memoria para tanto, era demasiado joven) y,  luego, del tipo de madera que utilizarían para la mesa, de los ajustes en los otros muebles.  Cuando ya casi  estaban llegando a su portal, donde él debía apearse,  el patrón  se dio cuenta de que  había olvidado la libreta con los apuntes del encargo. Y volvió José, claro, un tanto a regañadientes, después de dejar al patrón en su casa al  amor de una cena caliente.

Llamó a la puerta del convento insistentemente, pero las monjas habían desconectado el timbre eléctrico y ya no sonaba. En los sagrados momento de oración, no escatimaban argucias para preservar su tranquilidad. La aporreó, gritó debajo de la ventana. pero no recibió respuesta alguna. Volteó el edificio en ese afán de hacer bien su trabajo, buscando una ventana en la que picar, otra puerta, quizás. Difícil encontrar entre aquellos muros añejos de piedra tan siquiera  alguna grieta. Nada. Una vez completado el periplo, se sentó en el arrimadero de un palomar  aledaño y abandonado, y se paró un segundo a observar el perfil de la edificación de piedra bajo la luna llena, a tomar conciencia del tiempo perdido en aquel acto, por la mala cabeza de su jefe, a fumar un pitillo que sacó del bolso de la chaqueta y a oír el crepitar de la brasa en cada calada. Tal era el silencio.

Así que lo oyó: el ruido de un gozne. Se levantó rápidamente, pisando con energía la colilla contra el suelo. ¿Unos pasos? La noche era clara bajo la luna llena y no veía a nadie. ¿Un rumor de telas? Lo  oía, pero no sabía dónde. Agudizó los sentidos, tanteó el aire como un animal salvaje y  se aproximó al muro: estaba en el tejado. Sin dudarlo un momento, tras comprobar que desde el suelo no veía nada, corrió sigiloso hacia el palomar y  trepó por los huecos de los nidos abandonados, llenos de heces añejas adheridas a la estructura de adobe, plumones y el eco lejano del arrullo de las palomas en su hipotético auge. Se le pegaron a la piel, junto al serrín de la tarde, junto a la intriga.

El tejado viejo, con sus tejas moriscas, sujetaba la helada que, desde el cielo raso, a merced de los rayos lunares, arrancaba reflejos diamantinos  de todos los lados. Con gran sigilo se tumbó sobre ellas y miró con la mirada poderosa de un animal salvaje y hambriento. Y la vio caminando por el tejado, con sus cortos pasitos de geisha. Puede ser que fuese la que había visto esta tarde al lado de la Madre Superiora, puede que no. La luz de luna caía de lleno sobre su figura menuda. Se sentó, despacio, recogidas las rodillas con las manos, como meciéndose al arrullo de una canción interior, volvió la cara hacia el cielo, el bendito cielo que todo lo comprende. Con cuidado, levantó los brazos y se despojó del velo y luego de la toca ceremoniosamente, las horquillas que la sujetaban primero, colocándolas a buen recaudo y luego la tela, descubriendo la cabeza juvenil, el corte de pelo a lo chico. José no veía el detalle de su cara, pero le pareció que sonreía  mientras metía sus dedos entre el pelo corto  frotando su nuca sin dejar de mecerse .Otra vez el recogimiento, abrazada a las rodillas, la cabeza apoyada,  atenta a la noche, respirando por cada poro aquella luz, aquel aire frío. Y luego, con calma inusitada, desató  el cordel que circundaba su cintura con  tres nudos, a cada cual más apretado; se despojó del negro escapulario doblándolo con esmero al lado de la toca, con un decidido y elástico gesto. A continuación, otro segundo de recogimiento, de indagar en el frío ambiente, de respirar la brisa, de echar a volar la mirada siempre hacia arriba. Se pone  de pie, sin velo, sin toca, sin negro escapulario, cubierta solo por la blanca túnica, parece un ángel.  Y cuando elevó los brazos al cielo,  la luz de la luna, toda, se recogió allí. Con lentitud, como siguiendo una orden silenciosa, se subió la túnica librándose de ella  dejando al descubierto el cuerpo precioso. Tanta desnudez lo  llenó todo. Ya no solo sobre el tejado, sino también en los ojos del muchacho, ¡y la cabeza, y el vientre, y las manos…! Y ella, bajo aquella luz plateada, tendió su cuerpo sobre la ropa quitada, entregada de lleno a aquel retazo de noche , los pechos desparramados sobre las costillas, los brazos abiertos, los muslos, el vello negro  entre las piernas, el de las axilas, ojos cerrados, respiración tranquila acompasando un latido que, por supuesto, José  no podía ver, pero que presentía como si fuera  único. Y el frío de marzo en la noche clara de luna llena, se esfumó de pronto.

Contempló, sin pestañear, el magnífico espectáculo, pegado a las tejas, perdida la noción de tiempo, ansioso, ávido de cada segundo. La ve recrearse en la luz tan desnuda y tan libre, tan  etérea, que asusta. Y cuando todo terminó y ella se vistió y desapareció, fue incapaz de articular movimiento alguno. Hasta que, desde la línea del horizonte, del horizonte que está a ras de tierra, los primeros rayos de luz solar cruzaron la llanura yerma y calentaron las tejas sorprendiéndole, cual pasmarote, tumbado sobre ellas.  La campana del monasterio tocó a maitines. Cerró los ojos y la imaginó saliendo al pasillo con las otras hermanas, yendo a la capilla a orar. Con las místicas manos bajo el escapulario. las mismas que aquella noche habían movido deseo a raudales sin hacer ni un solo gesto ,  y luego, durante la oración en posición recogida, abrazadas ambas frente al pecho, los ojos cerrados, cicatera la memoria en esa oración constante, y el aire que sale por  entre los labios, ¡esos labios!, portando la plegaria matutina, el dulce ruego que recoge el perdón de cada pecado.

Descendió y, como poseído, volvió a la puerta y llamó una y otra vez, incansable, impenitente. Al fin oyó los pasos por el pasillo, una tranca que se corre, el gozne, casi como el de la noche, que hace que la puerta sea abierta. Y la cara vieja de una hermana, seria y de ojos vivarachos que, sin hablar, preguntan por tanta impaciencia. Él explica a trompicones, queriendo entrar ya y recorrer toda la casa como si fuera la suya, Le deja pasar, pero le conduce con mano firme al futuro comedor, no más. Con pocas palabras le pide que no la entretenga, que es la hora de la oración y que las hermanas y ella también, han sido interrumpidas; dice adiós  desolado, con un dolor que no sabe bien dónde ubicar, con la sensación de haber visto el paraíso por la rendija más pequeña que hay en su cochiquera vida. Con las retinas cargadas de esa luz nocturna reflejada en la preciosa piel; blanca, ya blanca para siempre.

Volvió a la siguiente noche, y a la siguiente y a la siguiente, esperando encontrar sobre el tejado, aquel haz de luz. Buscó mil excusas para volver a la casa, midió y requetemidió,  y esgrimió mil razones para estar allí cuanto pudo. ¿Quién sabe si la tuvo cerca? Las tres jóvenes nunca iban solas, siempre acompañadas de la madre superiora o de alguna de las viejas, con los ojos siempre a rastras, enganchadas al silencio, al recogimiento. Imposible caer en la cuenta de quién podía ser ella.

Casi ya con la esperanza perdida, pero fiel a su cita, una noche de abril sin una estrella en el firmamento, solo la luz de la  luna con su fuerza,   volvió el ruido de la portezuela del tejado, las pisadas felinas, el manteo batiendo la brisa… el mismo ritual de la otra vez: primero el velo, luego la toca, el escapulario, el cinto con  los tres nudos, apretados, apretados, el gesto tranquilo, el aire que sale y entra por los ollares rítmica y pausadamente, de espaldas a la luna, ya desnuda del todo, vuelta con los brazos abiertos, el mentón altivo, los pechos cimbreantes, el universo entero recogido en el gesto. Y poco a poco, bajar hasta la teja roja y, sobre el manto que hace un minuto cubría el precioso cuerpo,  dejarse cubrir por la luna, dejarse mecer en su luz, penetrar silenciosamente en el haz, ser parte de él. Así que José volvió a sentirse subyugado, tal vez por la luz o tal vez por el cuerpo o por la luz y el cuerpo, sin saber qué hacer con el latigazo intenso que le abrasaba desde el vientre, con tanta belleza, con tanto deseo. con tantas ganas de mirar sin pestañear siquiera. Y por fin, lo comprendió, lo relacionó: la luna; era la luna llena.

Ha llegado mayo y José tacha mentalmente los días en el calendario del taller, repasa atento las hojas, se las sabe de memoria: en mayo el 21, en abril fue el 22. Se entregará con vehemencia a la contemplación. Cada encuentro tiene una particularidad en la luz; no sabe muy bien a qué es debido, pero se deja llevar: que el deseo acampe en cada uno de sus poros, que se llenen los ojos, que el vientre abrase y las manos se crispen sobre la roja teja.

Hoy es junio: 20 llena en sagitario a las 11,02. Mientras baja la trapa del taller hace planes: agosto, septiembre, julio… Sabe todas las fechas, todas las horas… piensa en cómo podrá ser diciembre, cuando quizá haya nieve en el tejado…

Cristina Flantains (Flantains)

Texto ganador de Placeres y Perversiones, mayo 2016

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