Nada que no desees

Nada que no desees

Adela retrocedió a la limusina ante la mirada pícara de sus compañeras de trabajo. De ellas cabía esperar cualquier grosería para celebrar su despedida de soltera, pero habían ido demasiado lejos. El local era demasiado nuevo para parecer un tugurio, aunque las letras rojas de neón con el nombre, Olimpo, el gorila con pinganillo y la ausencia de ventanales le daban ese aspecto de garito poco legal que la había dejado paralizada junto al vehículo.

—Ni de coña, chicas. Este es el burdel para mujeres del que hablan las noticias…

—Va, mujer, no es para tanto —dijo con un guiño Cecilia, su antecesora en el homenaje. Si la imponente subdirectora había pasado por esto, no podía ser tan terrible—. No harás nada que no quieras, te lo prometo.

El de seguridad desenganchó el cordón para darles acceso. En los altavoces, una canción suave de David Bowie les dio la bienvenida al interior. Se arremolinaron en torno a una mesa, brindaron. Adela se relajaba por momentos, se iba cumpliendo lo de “nada que no quieras…”. Los camareros eran guapos hasta decir basta, pero no iban en tanga o camisas sin mangas. Flotaba en el ambiente un aire de refinamiento a tono con el precio de las copas. Sin que se diera cuenta, una mujer se le acercó por detrás y la aferró por los hombros, dejándola clavada al asiento.

—Bueno, encanto. Ha llegado el momento estelar de la noche, el de conocer a Eros.

Adela se estremeció, casi había olvidado dónde se encontraban y para qué. Justo en ese momento, sus compañeras comenzaron a aplaudir y a silbar. Miraban con descaro al hombre que se acercaba con un caminar que hacía que su esmoquin flotase. Adela se atragantó y se levantó con torpeza ante el ofrecimiento para bailar. La música cambió a balada empalagosa. Él la tomó de la cintura y la mano hasta que la hizo girar despacio en un mar de nubes. Adela cerró los ojos, aferrada al calor que emanaba de ese cuerpo recio. Echó la cabeza atrás y agitó los cabellos, algo intenso y salvaje que le nacía justo encima de las bragas enredaba su mente. Cuando volvió a abrirlos, estaban a solas en una habitación de ensueño, presidida por una gigantesca cama con dosel. El ambiente, dominado por el satén negro y ámbar, estaba impregnado de un potente perfume que no supo identificar.

—Yo no… —intentó Adela.

Él la silenció con un beso que no era el de un amante ávido, sino el de un cazador paciente. Fue ella quien abrió la boca para dejarle entrar y, cuando se quiso dar cuenta, estaba desnuda sobre las sábanas de seda, expuesta al poder de Eros, esclavizada por unos dedos que recorrían sus pliegues como si tuviera el mapa de todos sus interruptores.

—Me caso el viernes —gimió Adela, como si fuera la solución al misterio de la vida.

—Puedes irte cuando quieras.

—Por muy bueno que estés, no voy a follar contigo.

Eros le dejaba hablar sin detener sus caricias. El cuerpo de Adela ondulaba como las algas en la corriente, sacudida por medidos trallazos de placer. De entre las ondas le llegaba su voz grave y serena:

—Soy Eros del Olimpo, hijo de Afrodita y Ares, venido a la tierra para buscar consorte. Solo consumaré el acto con la elegida de mi corazón.

Al límite de su resistencia, Adela aferró la mano de su amante y la dirigió con urgencia hacia su sexo; ni siquiera se había percatado de que él se hubiera desnudado, erguido en todo su esplendor entre sus muslos.

—Miénteme, dime que yo soy esa mujer…

«Lo eres…», le susurró al oído y con el vaivén creciente de sus caderas, Eros le hizo sentir que no había otra sobre el planeta y la llevó en volandas a enclaves ignotos de placer negados a los mortales.

Salió de la habitación todavía firme sobre los tacones de aguja. No quedaba nadie en el local y el chofer la esperaba fuera con el motor en marcha. «Al aeropuerto», le dijo.

Con el adelanto del “viaje de bodas” dejó plantado a Javier en el altar. No disfrutó del Caribe, su piel recordaba el tacto electrizante de su dios, su vulva la caricia de una lengua que tenía que ser de un dios, aquel por el que había abandonado una vida de seguridad y tedio. Un pensamiento obsesivo se aferró a su cerebro: regresar al Olimpo. No pasó por casa e ignoró cuantas llamadas, especialmente las de su madre, recibía pidiendo explicaciones por la espantada. El taxi se detuvo ante el local, ahora cerrado, y el conductor la miró con cierta sorna. «Lleva dos días cerrado, señorita. Un rollo de esos del ayuntamiento y la diputación».

Dejó de usar tacones y regresó a la oficina. Solo Cecilia, directora de recursos humanos y recién divorciada, compartía ese anhelo que las convirtió en inseparables. El catorce de febrero, Adela le presentó su carta de dimisión.

—Lo siento, no aguanto más este trabajo ni esta ciudad.

Cecilia recibió el documento con la misma sonrisa con la que la había animado en el Olimpo, como si lo esperase desde hacía tiempo. Abrió un dosier y lo puso delante de Adela.

—Tengo que hacerte una contraoferta.

 Las dos amigas regentan en la actualidad un discreto local a las afueras. Nada lo distingue, no hay neón ni anuncios en la prensa, solo el boca a boca, que lo ha convertido en tendencia para adineradas señoronas, hartas de sus maridos. A Cecilia y Adela les da lo mismo. Cualquier excusa es buena para seguir buscando a Eros.

Pedro de Andrés (Ultralas)

Texto ganador de Placeres y Perversiones, julio 2016

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