No despiertes los recuerdos

No despiertes los recuerdos

Como cada mañana, desde hacía unos cuantos, cada vez que se despabilaba, sentía un regusto metálico en el paladar y las mejillas estaban acartonadas. Los ojos que se reflejaban en el espejo estaban rojos, al igual que la nariz. No recordaba nada de sus sueños, solo que su despertar era amargo. Por más que intentaba recordar, en su vida no había nada que pudiera causar tales estragos. Ella era feliz, tal vez demasiado.

No había contado a nadie esas sensaciones que le oprimían el pecho y que no sabía a qué se debían. A la familia, cuando la veían en ese estado, les comentaba que dormía demasiado y se levantaba abotargada y que debía cuidarse de rebajar la ingesta de comida durante la cena o hacerlo más temprano.

—No me lo creo, hay algo más, Carolina — le dijo contundente su mejor amiga—. Será mejor que me lo cuentes.

Harta de esconderse, le habló de cómo se sentía al despertar. De la sensación de nauseas que la invadía.

—Ya decía yo. Conozco a alguien que tal vez pueda ayudarte. Se trata de un hipnotista. Sé que no crees en las ciencias alternativas, pero tal vez y solo por curiosidad, deberías verle. Además puede averiguar por qué tu manía de utilizar guantes, cuando sales. ¡Ya no se llevan! —terminó con una sonrisa.

Después de algunos dimes y diretes, Carolina aceptó y su amiga le pidió una cita.

—Buenas tardes, Carolina —la saludó el profesional—Sé que no viene muy convencida pero debe prestarse a acatar mis órdenes.

—Haré lo que me pida, pero no acabe con mi paciencia—dijo la joven aún no convencida.

—Túmbese en el sofá; voy a bucear en su subconsciente. En aquella parte que guardamos celosamente y que ni nosotros mismos sabemos que escondemos.

Carolina asintió. El hombre sacó un reloj de cadena que colocó delante de ella y balanceaba de manera rítmica.

—Sigas sus movimientos. Contará de cien hacia atrás despacio, intentando dejar la mente en blanco.

—Cien, noventa y nueve, noventa y ocho…noventa y siete… noventa…

—Carolina, Carolina —oyó al hombre desde detrás de unos párpados pesados que no conseguía abrir—Voy a contar hasta tres y despertará. Uno, dos…

Carolina abrió los ojos. Apenas notaba cansancio y se encontraba bien, como nunca. La ayudó a sentarse y le miró.

—Bien, dígame el diagnóstico. ¿Hay algo que perturbe mi sueño ahí dentro?

—Sí. Recuerdas a tus padres.

—Claro, Roberta y Tomás. Están con mi hija, cuidándola

—Esos no, los otros. —dijo con suavidad el hipnotista.

A Carolina le recorrió un escalofrío por la espalda. ¿Otros? Imágenes difusas y sonidos confusos intentaban abrirse paso desde el subconsciente: el rojo de la sangre, gritos agudos, risas…, pero nada más. Miró extrañado al hombre que en aquel momento puso en marcha una grabadora. Oyó su voz, aunque no la reconocía. Parecía la de una niña pequeña…

—Mami, muere, muere,… era mi pelota…

Carolina abrió los ojos desmesuradamente; acababa de ver la imagen:

«Ella con unos seis años, mordía a su madre en la yugular, con fuerza. La vio luchar asustada pero ella no la soltó. La sangre brotaba de su cuello a borbotones. Su madre se arrodilló y cayó al suelo.

»—No debiste castigarme, mamá —Carolina reía con el regusto del hierro de la hemoglobina en la boca.

»Su padre murió unos meses después. Una cosechadora mal frenada le seccionó ambas piernas. “yo la maté y a ti también.” Fueron las últimas palabras que escuchó de boca de su hija. »

Miró al hipnotista con los ojos fríos.

—Hay cosas que no deberían salir del lugar dónde han estado guardadas… Ahora sé quién soy.

Cogió el abrecartas que había sobre el escritorio y se lo clavó en la carótida.

—Nadie sabe que he venido. Nadie me relaciona contigo. Echaba de menos la calidez de la sangre. Mataré durante un tiempo y después volveré a dormir los instintos.

Cogió su bolso y salió. Ella siempre iba con guantes, cuestión de estilo. Su amiga apareció muerta en su coche unos días más tarde.

Carolina volvió a dormir bien, de nuevo…

María Dolores Jiménez García (Mariló)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “El subconsciente”

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