No, viajo sola

No, viajo sola

Este nudo en la garganta no me deja respirar. Siento la cara hinchada como un globo, la mandíbula desencajada y los ojos a punto de salirse de su sitio. Ahora oigo a lo lejos el ruido del tren. Me produce una sensación de desasosiego y alivio a la vez. En unos segundos todo habrá terminado. Y con todo, mi sufrimiento, y después de todo, llegará la paz que tanto anhelo.

Esto que tantas veces he leído es todo cuanto en mis veintiocho años he podido saber sobre mi madre, la persona que un día me tiró a la vida, sin más muleta que mi instinto de supervivencia.

Aquella noche doña Pura me llevó a su despacho y me empujó hasta sentarme en una de las sillas, abrió mi mano y puso en ella el papel doblado.

─Guárdalo, es de la puta de tu madre ─dijo. Ahora vete a dormir. Mañana temprano saldrás hacia la estación.

Al día siguiente me desperté con el brusco zarandeo de una de las cuidadoras. Todavía era de noche y el resto de las niñas dormía. La cuidadora extendió sobre la cama el vestido de las ocasiones especiales. En el suelo, los zapatos de charol negro.

Cuando llegué a la escalera me alegró comprobar que la señorita Elisa me esperaba sonriente al final de ella. Sostenía un abrigo de paño gris y un sombrero de terciopelo. A su lado, sobre el banco de madera, había una pequeña bolsa que contenía el resto de mis pertenencias.

─Cariño, estás preciosa. Vamos, tenemos un largo camino hasta la estación. ¿Te gustan? ─me preguntó mientras me ponía el abrigo y colocaba el sombrero en mi cabeza. He ahorrado durante semanas para comprártelos. Esperaba un momento especial.

Metí la nota de mi madre en un bolsillo y salimos a la calle. Después de mucho tiempo respiraba algo distinto de aquel oxígeno enrarecido de la casa, estanco hasta en el patio donde unos minutos al día se nos permitía jugar.

─En casa de tu tía Regina estarás muy bien. Podrás ir a un colegio de verdad y tendrás todo lo que una niña de tu edad necesita. Mira, ya casi hemos llegado.

Habíamos dejado atrás los adoquines. El camino de tierra y piedras al que habían dado paso resultaba incómodo en la oscuridad. Todavía algo lejos, pude ver un gran edificio de fachada amarillenta. Poco después comenzamos a encontrarnos con otros viajeros.

─Mira, ese es tu tren. ¡Qué suerte! Yo nunca he hecho un viaje así.

Había personas de todo tipo caminando por el andén. Unos llevaban bultos de formas y tamaños distintos, desde maletas hasta jaulas con pollos; otros cuantos, sin embargo, parecían llevar lo imprescindible; otras eran mujeres de apariencia aristocrática. Todos ellos y yo, sin más equipaje que una pequeña bolsa y la inseguridad que me producía el desconocimiento de mi futuro inmediato.

De pronto nos paramos. La señorita Elisa me atrajo hacia sí y me fundió con ella en un abrazo. Sentí sus lágrimas en mi cara cuando me besó.

─Cariño, ya anuncian la salida. Pide ayuda con la libreta siempre que lo necesites. Ya verás cómo pronto hablarás de nuevo. Adiós, mi vida. Te echaré de menos. Escribe siempre que puedas.

Pegué mi cara al cristal y vi a la señorita Elisa agitando su mano mientras el tren se alejaba. Solo entonces rompí a llorar.

Saqué la nota de mi madre y la leí de nuevo, y de nuevo la saqué y la volví a leer. Así hasta no sé cuántas veces ni durante cuántas horas. Así hasta que leí a través de la ventanilla mientras el tren perdía velocidad: ZARAGOZA.

Algunos compañeros de viaje se apresuraron a coger sus cosas, al tiempo que otros se acomodaban en sus asientos tras el espacio ganado. En el andén mi tía Regina, una señora con traje verde y moño sobrelacado, mostraba una cartulina con mi nombre. Me encogí en el asiento hasta hacerme invisible y un minuto después oí el silbato.

El tren emprendió de nuevo su marcha y yo respiré tranquila.

Lydia Cotallo (Frida)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “el tren, el ferrocarril”

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