Ocurrió en verano…

Ocurrió en verano…

El abuelo miró a sus dos nietos.

—Me vais a prometer que esto quedará como un secreto entre nosotros. Ni a una palabra a los mayores.
—Lo prometemos.
El abuelo suspiró.
—Era una jovencita muy guapa y muy dulce. La conocí en las fiestas del pueblo. Yo estaba en la caseta del tiro al blanco, a punto de disparar, y la vi: media melena castaña, piel pálida, grandes ojos azules… Y me miraba, me sonreía.
—¿Fallaste el tiro?
—No llegué a disparar. Le pasé la escopeta a uno del grupo, y me fui. Corrí y allí estaba, esperándome. «Hola, me llamo Natasha», me dijo. «Yo soy Carmelo», le contesté.

Los recuerdos acudieron a la mente de Carmelo. Ella le tomó de la mano, y sonriendo, le guió hacia la zona de las atracciones. Subieron a todas, sin excepción. Ella parecía contentísima, y en sus mejillas antes pálidas habían aparecido dos bonitas manchas sonrosadas.

Le contó que su familia había llegado a aquella tierra tiempo atrás y que vivían no muy lejos de allí. Señaló hacia la salida del pueblo y él la miró consternado. En aquélla dirección no había más que colinas enanas cubiertas de árboles de aspecto atormentado por la constante acción del viento marino, y viejas ruinas de antiguos caseríos abandonados.

La acompañó hasta el límite del pueblo.
—¿Nos veremos mañana?
—A las diez de la noche.

¡Caramba! ¡Cómo olvidar todo aquello! Volvieron a verse las dos noches siguientes. Para Carmelo fue como si aquellos días la vida comenzase con la puesta del sol y acabase cuando, a eso de las dos, ella se iba por el sendero hacia poniente.

La última noche pasearon largo y tendido tomados de la mano. Se alejaron hablándose dulcemente. Él le contó muchas cosas del pueblo, de sus amigos, de rincones donde bañarse en aguas limpias y cristalinas. Ella le escuchaba con atención, apoyando la cabeza en su hombro en ocasiones, momentos en que oprimía su mano con más fuerza. Pero parecía triste.

Llegaron a un lugar apartado y se sentaron en unas rocas, a la luz de la luna. Ella le miró intensamente y por unos instantes pareció estar a punto de llorar.

—Nos vamos, Carmelo.
—¡No es posible!
—Está todo listo. Me dejaron salir porque eran mis últimas noches en esta tierra.
Se puso en pie, y le tomó de la mano.
—Ven.
—¿A dónde vamos?
—A casa.
Carmelo recordó como la siguió a través de sombríos parajes, iluminados por la tenue luz de la luna, espectral y melancólica. Llegaron cerca de las ruinas de un viejo caserío.

—Mi padre me ha aconsejado que te unas a nosotros, pero yo no quiero llegar a ese extremo, no quiero atarte de ese modo. O al menos, no sin que lo sepas.

—¿Que lo sepa?
—Amor mío. Quisiera tenerte a mi lado para siempre. Pero sólo hay un modo para ello. Deberías ser como yo soy, y de ese modo podrías formar parte de mi familia. Pero debes elegir, y entenderé que elijas no volver a verme jamás.
—¡Natasha! Yo te quiero…
—Lo sé, Carmelo. Escúchame. Somos vurdalaks.
—¿Burda qué?
—Hace más de trescientos años llegamos aquí, procedentes de Transilvania. Creo que el barco que debía recogernos naufragó en alta mar. Pero ahora tenemos lista una pequeña embarcación, y en su bodega cajas de madera con un puñado de tierra de Transilvania.
—Te quiero, Natasha. Yo me voy contigo a donde sea, aunque deba dormir en un cajón durante el viaje.
—Te creo. Pero debo advertirte. Si te unes a nosotros serás como nosotros. No volverás a ver la luz del día… Debes tomar una decisión, Carmelo.
—No acabo de entenderte. . .
—Si decides dejarlo todo por mí, viajarás con nosotros, serás uno de los nuestros. Y no volverás a ver ni tu aldea, ni a tu familia, ni a tus amigos.
—No me importa. Sólo me importas tú.
—Reflexiona unos instantes. Si estás seguro, entonces lo haré.
—¿Qué harás?
—Te morderé… en el cuello. Es lo más rápido.

El abuelo calló. Los niños le miraban con los ojos muy abiertos.
—¿Regresaste al pueblo, verdad, abuelo?
—¿Qué os parece? De haberme ido con ella no estaríais hoy aquí vosotros. Ni vuestro padre. Vaya, se ha hecho tarde. Venga, vamos a acostamos. Y ya sabéis, ni una palabra a nadie de esto.

Josep Piqueras (JPiqueras)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “Abuelos y abuelas”

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