Pedro

Pedro

Surcaba el cielo como un cóndor de grandes alas, con los brazos abiertos. Se inclinó ligeramente y, dejando atrás las colinas y los valles, se fue acercando a la costa. Desde lo alto, los acantilados no parecían tan empinados. Vio un par de barcos de pesca luchando contra la marejada. Uno de ellos era, seguro, el de su padre. Aquella graciosa manera de sortear las montañas de agua era inconfundible. Años atrás había estado él mismo, junto a su padre, agarrando la rueda del timón y recibiendo en el rostro el beso húmedo de la espuma del viento y del agua del mar.
Se inclinó de nuevo y regresó hacia tierra. A lo lejos se elevaban los nevados picos de la sierra. Sintió una energía interior que nunca antes había experimentado, y supo que había llegado el momento de sobrevolarlos. Le habían contado que en lo más alto, en un recóndito y abrupto ventisquero se escondían del sol y del calor del verano las últimos hielos perpetuos de un antiguo glaciar. Voló con más energía, sintiendo como el aire agitaba con fuerza su cabello…

—¿Estás bien, Pedro?
—¡Oh! Sí. Dormía un poco…
—Me ha parecido oírte que gritabas.
—No pasa nada, madre. Déjame, por favor. Aun tengo sueño.

De pie en la proa del junco, vio un grupo de cachalotes que parecían querer acompañarle en su navegación. En cubierta, dos marinos chinos maniobraban las velas.
Tocó la cimitarra, amarrada en su cinto. Y miró hacia sus pies, envueltos por unas curiosas babuchas. Llevaba un ligero turbante como el de Simbad, el marino. En realidad, él era ahora Simbad. Y a pocas millas vio las tierras del lejano oriente, donde le esperaban aventuras sin fin, serpientes de mar, malvados magos, ladrones en cuevas y, tal vez, una hermosa princesa.

A medida que se acercaban a tierra, iba avistando numerosas embarcaciones de pequeño tamaño ancladas en los bajíos, cuyos tripulantes se dedicaban a la pesca. Su hermoso junco se deslizaba ágil por medio de aquel enjambre de chalupas y los pescadores le saludaban alzando una mano e inclinando la cabeza. Todos le conocían y admiraban…

—Pedro, despierta. Ha venido el señor cura.
—¿Trae algún libro, mamá?
—No uno, dos te trae esta vez.
—¿Dos?

—¿Cómo va todo, Pedro? Me han dicho tus padres que estos días estas muy dormilón.
— ¿Pues qué quieren que haga? No voy a irme a jugar al río o a correr por el monte. Mi cama es mi campo de juegos. Y mi juego son los sueños, padre.
—Lo comprendo. Sé que es muy duro no poder moverse de aquí y no tener otra vista que la del paisaje frente a tu ventana. Y dime, ¿sueñas mucho?
—Psssst… No todo lo que quisiera… ¿Qué libros son esos, padre?
—Hoy vas a poder escoger. El otro día te leí “El vuelo del Cóndor” y anteayer nos leímos entero el de las aventuras de Simbad. Para esta tarde te he traído estos dos. Son de Julio Verne, uno de mis escritores favoritos, y estoy seguro que cualquiera de ellos te gustará.
—Déjeme verlos, padre.
—Este trata de unos viajeros que atraviesan África en globo. Y este otro cuenta las aventuras de un turco muy testarudo, que con tal de no pagar una tasa por cruzar el Bósforo, emprende un largo y peligroso viaje alrededor del Mar Negro.
—¡Este! ¡Cinco semanas en globo!
—Buena elección Pedro. Deja que te acerque el vaso de agua con la caña. Echa un buen trago y prepárate. ¿Empezamos?
—Si, por favor. Lea usted. Yo cierro los ojos y es como si viese todo lo que usted me va leyendo.
—Muy bien, hijo. Pues vamos allá. “Capítulo primero…

Pedro tomó sus prismáticos y miró hacia el confín del paisaje africano que sobrevolaba con su elegante globo aerostático. Una cumbres muy altas cerraban el horizonte. Seguramente antes de caer el día las habrían sobrepasado sin inconvenientes, gracias a la dilatación del hidrógeno que su invento les proporcionaba. Más allá les esperaban unas tierras vírgenes para los hombres civilizados, y tal vez entre frondosas selvas y recónditos valles lograrían arrojar su ancla en algún risco o algún árbol, junto a las misteriosas fuentes del Nilo, el sagrado río africano…

Josep Piqueras (JPiqueras)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “Sueño”

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