Primera y última crisis de Rafaelillo

Primera y última crisis de Rafaelillo

Rafaelillo nunca se dio cuenta de que había rebasado la cumbre y ahora bajaba por la ladera opuesta. Desde que quedó huérfano su vida poco a poco se fue aislando de la corriente mayoritaria. No era consciente del paso del tiempo. Tal vez no experimentó el envejecimiento porque nunca fue niño, ni joven, ni adulto. Su vida transcurría en un aislamiento social de tal calibre que las corrientes, las novedades, los hechos propios de cada edad se solaparon y fue pasando de una a otra sin cambios aparentes. La ascensión se produjo por la ladera sur, la más soleada, la más luminosa; aunque era subida no importaba porque arriba esperaba algo muy importante, sin determinar, pero excitante y suficiente, pletórico y definitivo. Ahora bajaba por la parte sombría e incierta; lo importante ya debió haber quedado atrás, aunque no recordaba ningún hecho extraordinario, sino una sucesión monótona de los días, de los meses y de los años. Ahora, desde la segunda mitad de la vida, empezaba a vislumbrar la posibilidad de tener que vivir una tercera mitad y eso era demasiado

Su padre, el Sr, Martínez, murió cuando regresaban de las primeras y últimas vacaciones que hicieron en su vida. Rafaelillo se trajo de Mojácar unas conchas marinas que guardó enterradas bajo un gran pino, junto a la vía del tren; las enterró mientras esperaba a Maribel. Al quedar viuda su madre, Rafaelillo tiró más para el monte, dejó de ir a la escuela y se pasaba los días en el campo y al volver agotaba las horas de luz recostado bajo la sombra del pino grande, pensando en la Maribel. De tantos paseos en la bici con el cartero, a la niña se salió barriga y tuvieron que casarse a prisa y corriendo. A Rafaelillo lo invitaron a la boda pero no quiso ir. Desde entonces su furtivismo y su soledad se incrementaron hasta convertirlo en un adán.

Fue una mañana de abril de 1984, (hasta ese preciso momento los conatos de crisis o contratiempos, como él les llamaba, los saltó por la vía resolutiva) al regresar de inspeccionar las trampas para conejos que tenía instaladas por los arrabales del pueblo. Caminaba sobre el cauce seco de una rambla; al llegar a un azud, la perrilla chispa saltó sin más el muro de apenas metro veinte y él la siguió, al aterrizar le fallaron las piernas y quedó despatarrado sobre la arena. ¡Coño, que casi me mato! Exclamó, al tiempo que intentaba levantarse, pero un dolor agudo le pinchó el costado. Se dio la vuelta y apoyando las manos consiguió ponerse a cuatro patas. La perrilla chispa pensó que estaba “de juega” y con la cabeza gacha ladraba dando vueltas a su alrededor.

Agotado, apoyó las rodillas y miró hacia su vientre. El machete de caza formaba un ángulo imposible. El extremo del mango apuntaba hacia el suelo y la hoja estaba oculta en su costado. Unas gotas de sangre resbalaron por el mango y tiñeron de rojo la tierra. Era mejor no tocar nada y se echó sobre el otro costado; ahora el mango apuntaba hacia el cielo, que a pesar de ser primavera y de mañana se fue oscureciendo hasta quedar reducido a un punto de brillo intenso. Rafaelillo, que conocía bien las hojas de acero y sus efectos en el interior de los cuerpos, se dijo: “Si esto es morirse, tampoco es tan grave”.

Carlos Carricondo Morales (Jeroma)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “Crisis de los cuarenta”

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