Primera y última decisión

Primera y última decisión

El abuelo José nunca había podido tomar decisiones.

Primero fue su madre la que llevó las riendas y después, cuando se casó, Asunción, la incombustible y aguerrida abuela Asunción. Durante setenta años de matrimonio, ella se vistió los pantalones, ella hizo y deshizo, manipuló y maniobró para acomodarlo todo a sus propósitos. Asunción fue una mujer fuerte, decidida, hipócrita y franquista hasta la médula. Y José, en su inmensa sabiduría de superviviente, optó por doblegarse, aunque digno, con un amén mudo en los labios y la actitud, dispuesto a preservar la paz familiar. No había más que verlos por la calle, la abuela siempre delante, marcando el paso, un, dos, un, dos, por la ciudad y por la vida, y él detrás, un tanto rezagado, intentando no perderla, pero mirando alrededor con la furtividad curiosa de un esclavo. Todos nos percatábamos, pero manteníamos un silencio cómplice y admirado hacia la resignada, que no humillada disposición del abuelo.

Una infancia difícil, una guerra, el campo de concentración en Francia, las estrecheces de la posguerra, ninguna vicisitud bastó para borrar la luz en los ojos de José, la parsimonia de sus gestos, la dulzura de los cuentos y chascarrillos que supo dedicarnos a los nietos, porque sus hijos no pudieron beber de la fuente de su cariño, sometida a las restricciones afectivas de Asunción. A veces, la calma de su espíritu se enturbiaba y una tormenta de genio mal contenido estallaba, desarbolando por unos instantes el aparejo de su cotidianidad. Entonces todos pensábamos que el abuelo guardaba furias en el fondo de su alma, cofres de reproches y sacos de frustraciones que se agitaban durante esos breves temporales y se desplazaban desestabilizando la carga del navío, aunque nunca se producía el naufragio.

Sin embargo, la abuela asunción murió, llevándose con ella su ejército de centinelas de occidente que durante setenta años permanecieron apostados en cada esquina de su vida en común con José. Y él, con una libertad un tanto culpable, izó velas y se fue a vivir la soledad recién conquistada a una residencia que lo acogió a lo largo de tres primaveras.

Tres primaveras que sembraron flores en la aséptica habitación de la primera planta de lo que José, ampuloso, denominaba la santa institución. Tres primaveras que se llenaron de paseos, de sosiego en los días y de insomnios cuajados de recuerdos, sueños de párpados abiertos que no anhelan la paz del descanso porque el alma reposa y no precisa mayores cuidados. El abuelo José era feliz en su pacífica travesía, por fin dueño de sus actos, amante explícito de su familia.

Pero la vida acaba por desballestar las naves más sólidas. Silla de ruedas para los desplazamientos largos y pañal por las noches eran intrusiones que la dignidad de José no podía permitirse, injerencias contra las que se dispuso a combatir.

Por eso aquella madrugada dejó las gafas en la mesilla junto a la cama y, muy despacio, en calzones y camiseta, descalzo para no hacer ruido, emprendió la marcha hacia la azotea. Descartar el ascensor por el mismo motivo por el que no se había puesto los zapatos le supuso una ardua y penosa ascensión, escalón a escalón hasta la última planta, hasta el terrado bajo el cielo de julio.

Nadie supo explicarse de dónde sacó energías para conseguir llegar arriba y trepar al murete de la terraza. Yo sí lo sé.

Mi querido abuelo se alimentó de la fuerza que otorga gobernar el timón de la propia existencia. Donde todos vieron desesperación y cobardía, yo intuí determinación y orgullo, el orgullo de tomar por fin, después de noventa años, la primera gran decisión de su vida.

Solo deseo que en los segundos que duró su vuelo, el abuelo tuviera tiempo de sonreír.

Marta Estrada (Arais)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “Abuelos y abuelas”

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