Quince minutos

Quince minutos

Mira, seré buena. Son las diez menos cuarto, llevas aquí muchas horas y sé que estás cansado, así que te voy a dar unos minutos, pongamos… quince, quince minutos, hasta las diez en punto, ¿te parece? Es tiempo más que suficiente para alguien listo y astuto como tú. Estás un poco alterado, lo comprendo. Este sótano es húmedo y frío, tienes hambre, sed, es muy probable que también tengas sueño, has gritado hasta desgañitarte sin que nadie te oyera y la postura no es nada cómoda. Eso bastaría para sacar de sus casillas a cualquiera. Pero tú eres un tipo duro, muy duro… Aguantas bien la presión y no es fácil hacerte perder la calma. Tienes sangre fría, lo demostraste en varias ocasiones a lo largo de estos años, así que estoy segura de que puedes serenarte, abstraerte de este entorno y concentrarte para pensar, para organizar una estrategia, elegir los argumentos adecuados y contarme algo que me convenza, que me haga comprender lo que hiciste.

Vamos, no te desmorones ahora. Tú, que has aguantado el tipo como un valiente delante de jueces y fiscales, no te vas a venir abajo justo cuando te estoy dando una oportunidad, cuando te ofrezco una posibilidad de alivio. Tal vez no la merezcas pero, ya ves, soy generosa. Comprendo que es difícil pensar con claridad cuando se está atado a una silla y muerto de cansancio, pero, la verdad, qué es eso para un hombre como tú, metódico y calculador, capaz de organizar hasta el último detalle, de ejecutar sus planes con rigor matemático, de negarlo todo cínicamente; un tipo capaz de sonreír con sarcasmo mientras dice “Está loca, se lo ha inventado todo”. Esto es una minucia comparado con lo que eres capaz de hacer, no me decepciones.

Así que… sí, te voy a dar quince minutos. Tendrás quince minutos para explicarme, para contarme lo que quieras, sea verdad o mentira; que tu madre se emborrachaba y que tu padre os pegaba todas las noches cuando volvía a casa, que en el colegio había un cura baboso que abusaba de ti, que en tu juventud perdiste a una novia de la que estabas enamorado como un loco… Puedes contarme lo que sea, cualquier cosa, pero, eso sí, hazlo bien. Saca el gran actor que llevas dentro y muéstrame tu talento, tu habilidad, improvisa un buen guión, interpreta tu mejor papel. Consigue que te compadezca, que te comprenda, que me conmueva  hasta las lágrimas; emocióname hasta que considere la posibilidad de dejarte marchar.

Tendrás que esmerarte porque te va mucho en ello. Si lo logras, podrás considerarte afortunado porque solo te cortaré los huevos y morirás desangrado en pocos minutos. Si lo haces bien, si me convences, te habrás ganado una muerte tranquila.

Si, por el contrario, no logras que comprenda y perdone lo que me hiciste a mí, lo que les hiciste a las otras dos chicas, me marcharé y te abandonaré aquí, atado a la silla. Dejaré un cubo de agua lo bastante cerca para que puedas agacharte y beber.  Eso te dará unos días más, los suficientes para que tengas tiempo de recapacitar, de recordar lo que hiciste y preguntarte por qué lo hiciste, de averiguar en qué falló tu discurso, de recordar el descuido que te hizo caer en mi trampa y te trajo a este sótano y a esta silla, de suplicar estar muerto antes de que empiecen a devorarte las ratas.

Vamos, tienes quince minutos. Cuéntame, explícame, emocióname.

Fefa Martí Maldonado (Vichoff)

(Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “emocióname”)

 

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