Sesión de tarde

Sesión de tarde

La sesión de las dieciocho treinta no era, ni de lejos, la favorita de Samuel, pero en algo tenía que matar el tiempo mientras esperaba la hora de la cena. A esa hora tenía una cita muy importante con su escéptica novia, pues le iba a proponer matrimonio después de muchos años de relación. Mientras retiraba la localidad de la taquilla, rió con ganas al imaginar la escena.

—¿Le ocurre algo, caballero? ¿Algún problema? —le increpó la taquillera, visiblemente molesta.

—¡Oh, no! Disculpe, tan sólo pensaba en alto.

El acomodador le condujo a una fila delantera muy próxima a la pantalla. Comprobó que el número de su localidad se correspondiese con el de su asiento, puesto que la sala estaba casi vacía y no tenía mucho sentido que le sentasen allí. No, no había error. La disculpa dada a la taquillera, sin duda, no había surtido el efecto deseado y se estaría mofando en ese preciso momento. Las luces se fueron apagando y los primeros créditos aparecieron en la pantalla.

El filme iba sobre un asesino, uno de esos que se cargan a la gente siguiendo un patrón determinado y que tan inspirados guiones han dado al celuloide. El modus operandi de éste era, al parecer, actuar bajo la impunidad que dan los lugares oscuros. Todavía se estaba acomodando en la butaca cuando un gemido ahogado se escuchó desde las filas traseras. «Ya empezamos», pensó molesto. «Y eso que esto no ha hecho más que empezar».

En la película, el asesino ya había actuado por primera vez y la policía, sin ninguna pista que seguir, estaba desorientada. Samuel ya hacía cábalas acerca de su identidad. Solía tener muy buena intuición para desenmascararlos, algo así como un sexto sentido, pero necesitaba indagar un poco más para estar seguro. Era demasiado pronto.

Otro gemido, acompañado de golpes en las butacas, esta vez un poco más cerca. «Joder, que se corra de una puta vez y que nos deje ver la película en paz», quiso gritar Samuel. En la pantalla, el asesino había actuado otra vez, sin dejar el menor rastro. «Aparece, actúa y desaparece de repente, como tragado por la tierra», aseguraba la policía. Samuel empezó a dirigir sus sospechas hacia uno de los personajes. Juzgó que el entorno del asesino, según él, el Cuerpo de Policía era el ideal para no levantar sospechas.

«Otro polvo», dijo Samuel, esta vez en alto, al escuchar más gritos ahogados y ruidos como de líquidos al derramarse cerca de sí. «¿Es que se lo bañas en coca-cola para comérselo luego? ¡Venga, hombre, guárdate algo para casa! La película no es una maravilla, pero al menos al asesino lo tienen bien escondido». Por un momento tuvo la sensación de encontrarse solo en el cine. Los gemidos habían cesado, el rechinar de las butacas al retorcerse en ellas, también. No se oía, siquiera, el molesto ruido de las palomitas al ser sacadas de sus bolsas y engullidas aquí y allá.

Todavía estaba con estos pensamientos cuando sintió, más que vio, una presencia en la butaca trasera, fila que antes recordaba vacía. Se giró y no vio a nadie. El cine parecía desierto. Un olor ácido y metálico había sustituido al inicial perfume reinante en la sala. Al mismo tiempo, una respiración jadeante y sibilina se elevaba por encima de la banda sonora de la película, creando un clima denso y asfixiante. En la pantalla, la policía se declaraba incompetente para resolver el caso, puesto que el asesino había dejado de actuar y se daba por desaparecido. Samuel conocía su identidad y el asesino lo sabía. No era consciente de ello, pero la cita con su novia nunca había estado más lejana. Bajo la escasa luz de la sala un objeto metálico emitió un débil destello. A Samuel le pareció ver un uniforme de policía antes de que la hoja de la navaja le seccionase el cuello.

Javier Reiriz Villar (Ignacio)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “cine”

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