Sorpresas

Sorpresas

Manuel tiene un apellido difícil: llamarse Paniagua es una especie de condena. En su clase directamente le llaman “Pani”, y casi es peor, un mote como de mendrugo duro, insulso, arrinconado. Para colmo es patoso y torpón, de esos que tropiezan con sus propios pies. A su edad todos los chicos hacen deporte: dibujan molinetes con los patines, encestan y meten goles como auténticos profesionales. Pero Pani es una auténtica nulidad, y hace tiempo que ha renunciado a seguir intentándolo; él vive a rastras del pelotón de la clase, apenas visible, tan soso y sin brillo como su apellido recortado.

Le gusta sentarse en un rincón del patio del colegio con su libreta y un lápiz y dedicarse a su diversión favorita. Manuel dibuja todo lo que ve, el picaporte de la puerta, las rejas de las ventanas, la canasta de baloncesto, hasta los ladrillos.

Hoy llueve, y el rato del recreo lo pasan en los soportales. Se instala junto a la puerta de entrada y abre su cuaderno. Llevaba unos días repasando un boceto de la papelera y desde ese lugar no puede verla, así que pasa la página y mira a su alrededor buscando otro tema que dibujar.

Hay unas niñas saltando a la goma, todos los días hacen lo mismo, figuras, cruces, con reglas bastante complicadas para un observador novato. Una de ellas ríe, atrayendo la atención de Manuel. Es de su clase, nueva de este año, solo sabe que se llama Alicia. La mira con disimulo y coge el lapicero. En el cuaderno brotan ya unos trazos sueltos, los esbozos de la sonrisa, el flequillo, las piernas saltando con agilidad, las gafitas rojas, los ojos risueños…

Suena la campana, y Pani recoge su cuaderno y su lápiz. Manuel está contento, tiene una nueva ilusión. Vuelve a su pupitre, guarda su cuaderno y su nuevo proyecto, y procura concentrarse en la lección, aunque una sonrisa se le escapa de pronto.

Al día siguiente después de quitarse el abrigo, Alicia se sienta en su pupitre, y abre el cajón para guardar los bolis, el bocadillo, los libros. Tropieza con un papel doblado y se extraña pues no recuerda haberlo dejado ahí. Al desdoblarlo, ve que hay algo dibujado: un pajarito, un precioso jilguero, amarillo, rojo, negro, posado en una rama de abedul. Los colores del pajarito son vivos, alegres. Mira a su alrededor, pero no observa nada extraño en sus compañeros ¿de dónde habrá salido? Lo guarda en su carpeta como un precioso tesoro, y las clases se suceden como todos los días, pero ella siente un extraño hormigueo en su interior.

Manuel se ha dado cuenta del descubrimiento de Alicia y disfruta al ver su reacción. Se concentra en las clases para que el día pase pronto, y sorprendentemente mejora su atención. En el recreo Pani se oculta en el patio, su tapadera de anonimato e invisibilidad, mientras su imaginación se dispara.

Los siguientes días Alicia llega cada vez más temprano a clase, y encuentra todos los días sin excepción una nueva sorpresa en el cajón: herrerillos, pinzones, petirrojos con el pecho encendido, golondrinas, arrendajos de plumas azules, perdices de alas rayadas y patas coloradas, colibríes, y hasta una elegante urraca blanquinegra vestida de etiqueta.

Manuel disfruta preparando las sorpresas diarias para Alicia, pero un fuerte catarro interrumpe esta extraña correspondencia anónima unidireccional, y la fiebre le obliga a quedarse en casa unos días. Lo peor de todo es la distancia, y sufre el dolor de garganta como una puñalada que le separa de ella.

El lunes siguiente, ojeroso, pálido y enflaquecido, Pani vuelve al colegio. Se siente tan flojo que ha llegado más tarde de lo esperado, por lo que no puede dejarle a Alicia su regalo. Esto le entristece, y se dirige a su propia mesa. Abre el cajón, y súbitamente se encuentra con un pliego doblado junto a sus cosas. Lo abre con intriga y descubre una mariposa dibujada con torpes trazos es“qué bien que hayas vuelto!”forzados, azul, tornasolada, con las alas abiertas, y unas palabras escritas abajo: «Qué bien que hayas vuelto».

Susana Fontán Oñate (spfontan)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “mensajes”

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