Tacto

Tacto

Nadie había preparado a Melissa para aquella intensa, inmensa y aplastante oscuridad. La sensación de desasosiego y confusión era aún mayor de lo que esperaba pero, a pesar de ello, o quizás gracias a ello, todo estaba resultando tan excitante como le habían contado.
Y era mucho, y muy bueno, lo que le habían contado de aquel lugar. Tan bueno, que su piel se erizaba y su respiración se agitaba sólo con oír hablar de las maravillas que aguardaban a quien estuviera dispuesto a probar todas las delicias sexuales que aquel club ofrecía. Desde el primer instante en que, entre susurros y risitas, su mejor amiga le habló del club Melissa, siempre en busca de nuevas experiencias, de emociones desconocidas y de extrañas sensaciones, se sintió fascinada por aquel “cubil de la concupiscencia” como lo llamaban los más retrógrados, donde el placer de la carne era lo único que importaba…
Había conocido al hombre que la acompañaba en aquella aventura apenas una semana antes gracias a una aplicación de las usadas`para encontrar compañeros sexuales ocasionales. Conectaron enseguida y ella, tan ávida siempre de placer, no tardó en aceptar su invitación a conocerse en persona. Cuando, en uno de los sudorosos descansos, él le contó que era socio de tan exclusivo club, los ojos de Melissa brillaron de avidez y se mostró más que dispuesta a someterse a todos los juegos sexuales que él deseara a cambio de una noche, una sola noche, en aquel lugar.. No podía perderse semejante oportunidad. Tenía que conocerlo, tenía que estar allí. Necesitaba saber qué placeres se ocultaban tras aquellas paredes.
En cuanto atravesó la puerta principal supo que aquella iba a ser una gran noche. La decoración era una invitación al hedonismo. Colores sensuales, aromas orientales, formas voluptuosas que convidaban a tocar y acariciar. Era evidente que aquel era un lugar pensado para el disfrute.
Ella y su acompañante fueron conducidos a unos habitáculos donde les ofrecieron unas deliciosas bebidas, una comida sabrosa y una música acariciadora. La excitación de Melissa iba en aumento, y su curiosidad también, la comida y la bebida estaban muy bien, pero ya tenía ganas de ver qué más ofrecían allí. Todas las historias que le habían contado se agitaban y bailaban en su cabeza alimentando aún más su lujuria.
Comenzaba ya a impacientarse cuando unos sirvientes sólo cubiertos por un fino polvo dorado hicieron acto de presencia y les invitaron, y ayudaron, a desvestirse por completo, aprovechando tan íntima cercanía para acariciar, sin el menor rastro de pudor, todos los rincones de sus cuerpos, alimentando aún más si cabe, la lujuria.
Una vez concluido el juego-ritual, fueron guiados a través de un larguísimo pasillo hasta situarlos frente a una sólida puerta de roble que se abrió lentamente a la abrumadora oscuridad que ahora la rodeaba.
Melissa notaba bajo sus pies una suave moqueta y en su espalda desnuda podía percibir la sedosidad de la tela que recubría la pared a la que se había pegado entre asustada e inquieta por tanta negrura. Escuchaba susurros, roces, respiraciones agitadas, jadeos, algún grito sordo, pero no podía ver absolutamente nada. La emoción le provocó una risita nerviosa que se transformó en gritito de gato asustado cuando sintió una mano rozando su tobillo. Su reacción instintiva fue, por supuesto, retirar el pie, pero inmediatamente se recordó por qué y para qué había acudido a aquel lugar y buscó con el mismo pie la mano que antes la había tocado u otra, tanto daba, el caso es que alguien, quien fuera, la tocara.
No tardó en encontrar no una, sino varias manos que iniciaron un suave paseo por su piel. Percibía los dedos en sus tobillos, subiendo por sus pantorrillas, escalando sus muslos. Notaba las manos en sus nalgas y su espalda. Su respiración comenzaba a agitarse, sus piernas perdían fuerza a medida que el deseo aumentaba. Las manos recorrían su estómago, su pecho, rozaban sus labios.
Ella no sabía quién la tocaba y no le importaba. Sólo quería que siguieran haciéndolo. Que no pararan nunca. Su razón se diluía en las oleadas de placer que la recorrían.
Alguien la arrastró hasta el suelo. Y ella se dejó caer. Otro alguien la tomó por las muñecas. Y ella se dejó atrapar. Alguien más lamió su vientre y ella sentía que su mente se iba hundiendo en un mar de placer táctil.
Cuando llegó el primer mordisco su cuerpo estaba tan repleto de endorfinas que casi le resultó placentero. Pero luego llegó el segundo y, casi inmediatamente, el tercero, y un cuarto, y las manos dejaron de ser sedosas y complacientes para transformarse en garras que la inmovilizaban. Los labios ya no eran suaves almohadas de carne sino agrietados y ásperos trozos de pulpa putrefacta.
Cuando llegó el quinto mordisco, el que se llevó un trozo de su nalga, supo que nunca jamás volvería a ver la luz del sol.
Sólo con el sexto mordisco gritó y siguió gritando casi hasta el final…

Dolo Espinosa (Nanny)
Texto ganador de Placeres y Perversiones, octubre 2016

Entradas relacionadas

La leonera

La leonera

El dedo de Erika

El dedo de Erika

No me olvides

No me olvides

Adicto

Adicto

Publicar un comentario

Tu email no será publicado. Campos obligatorios

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>