Tú no sabes lo que es

Tú no sabes lo que es

Se abrió paso en el bosque de caderas y brazos bamboleantes. Si hubieran llegado antes, el acceso a la zona de discapacitados no habría estado ya invadido de fans que, absortos en el espectáculo de música y sonido sobre el escenario, hacían caso omiso de los esfuerzos de Fontecha por alcanzar la plataforma elevada con acceso exclusivo. El tráfico, el tráfico, siempre la misma puta excusa. Haber salido antes de casa. Como se notaba que ella no tenía que joderse los brazos empujando las puñeteras ruedas de la silla o, ya puestos, hacer equilibrios para sentarse en el baño y no hacérselo encima o no poder levantarse de un salto de la cama.

Como esperaba, los mejores sitios ya estaban ocupados. Tuvo suerte de que quedara espacio para él en la segunda fila, detrás de un melenudo que le tapaba medio escenario. Trató de serenarse y disfrutar del concierto. Se trataba de una de sus bandas favoritas y pronto comenzó a mover la cabeza al ritmo del doble bombo de la batería. Casi había olvidado su enfado para cuando el cantante, entrado en años como para dar saltos por todo el escenario, se retiró al backstage para refrescarse. Sobre el mar de cabezas flotaba el runrún de miles de comentarios a gritos a causa del pitido que los decibelios dejaban en los tímpanos. Sin embargo, alcanzó a escuchar al tipo de delante que hablaba pegado a la oreja de su compañero a la derecha. «Ha sido una idea genial, tío, con estas sillas de pega se ve el escenario de puta madre».

Algo se desconectó en el cerebro de Fontecha y se arrojó sobre el melenudo. Dos puñetazos bien arreados le ganaron la ventaja inicial pero, presa del frenesí, no había calculado que los impostores podían ponerse en pie y él no. Con la tercera patada en los riñones, tirado en el suelo, perdió el conocimiento.

—Puedes sentirte afortunado, podrían haberte matado —le dijo ella cuando abrió los ojos en el hospital. Ella, la que siempre se excusaba en el tráfico—. Parece mentira que no te des cuenta.

Fontecha entreabrió el ojo, menos dañado que su orgullo. Ya no sentía ni furia.

—Tú no sabes lo que es —le contestó entre los labios agrietados que ella se apresuró a mojar con una gasa húmeda.

—Lo que sé es que tu incapacidad no es la de las piernas sino la de aquí dentro. —Le golpeó el pecho con una uña de porcelana permanente—. Me voy, Julián, no lo aguanto más. Saldrás adelante… Adiós.

Solo entonces Fontecha, reclinado sobre la cama entre tubos de colores, pudo al fin abrirse al llanto.

 

Pedro de Andrés (Ultralas)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “Incapacidades”

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