Una tarde de serie B

Una tarde de serie B

Cuando me separé de mi último novio (ese mediocre encantador de corrillos y reuniones) me quedé tan colgada, tan desvalida y tan arruinada, que me tuve que ir a vivir a casa de mi hermano.

Debo decir que mi hermano, contra pronóstico, se portó estupendamente: me acogió en su casa con un abrazo cariñoso y hasta aguantó los primeros días sin darme demasiada paliza verbal, a costa (probablemente) de tener que morderse la lengua.

Luego, en cuanto consideró que de ésta tampoco me moriría, empezó a aprovechar mis escasas pausas entre sollozos para meter una cuña informativa de recuerdo sobre las muchas advertencias que me llevaba hechas en la vida respecto a mis malas, ¡malísimas!, elecciones de novios.

Yo, agradecida como le estaba, le daba la razón cabeceando y empezaba rápida la siguiente tanda de llanto.

Mi hermano es lo que se dice una persona sensata y mesurada y es verdad que, si bien toda la vida me recriminó mis gustos en materia amorosa, en este último enamoramiento se superó con creces y me hizo saber, algunos cientos de veces cada día, que este prenda que tenía a mi vera era un reconocido embaucador de barrio que me iba a chupar la sangre y la cuenta corriente.

Yo (por fortuna) no le había contado a mi hermano la forma tan tonta en que di lugar a que “el prenda” manejara mi tarjeta de crédito y me dejara prácticamente sin blanca… Fue una tarde tonta en que ambos (mi novio y yo), amodorrados y perezosos, estábamos viendo en la tele una película de serie B en la que un psiquiatra criminalista (que me encanta) le estaba diciendo a otro tipo que nunca podría vivir con alguien que no le diera sus códigos privados. Entonces los dos comentamos, embobados: ¡Ay, qué romántico!

Más tarde, cuando salía por la puerta, como el que no quiere la cosa volvió hacia mí su cara morena y dijo:

—Oye… ¿Cuál es el código de tu tarjeta, amor?

—El ocho cuatro tres, cariño.

—Pero si sólo son tres dígitos, cielo.

—El cero por delante, corazón.

Y, a partir de ese momento, los recibos y facturas empezaron a caer sobre mi economía como el pedrisco, arramblando con todo. En unos pocos días dejó limpia mi cuenta corriente y en unos pocos más me dejó a mí.

Aunque, como digo, tuve la precaución de no contarle a mi hermano esta escena, él insiste en que necesito un psiquiatra, de la serie que sea, que encarrile mis desorientados pasos emocionales, al menos hacia la protección de mis tarjetas de crédito ya que, según él, mi loco corazón dejó de tener remedio.

Yo dudo mucho que un psiquiatra me salve del encandilamiento que me producen determinados individuos pero, aún así, he aceptado y a partir de mañana mismo empiezo con las sesiones de psicoanálisis… Es muy caro, pero he visto al psicoanalista y, la verdad, me siento bastante encandilada.

Soledad Soler (Marenostrum)

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