Viaje a Lausana

Viaje a Lausana

Mientras se dirigía hacia la parada de autobús que la conduciría a un destino incierto, sus ojos se empapaban de las imágenes cotidianas: los chopos con el peculiar sonido de sus hojas, los perros y gatos sueltos, los tiestos plagados de geranios en las puertas de las casas… No tenía ni la menor idea de cuándo volvería a disfrutar del aroma de los campos ni a escuchar el sonido de las campanas de la iglesia llamando a misa. Pero sobre todo, ya estaba echando de menos la ternura de los brazos de su madre, las charlas con Charito, su amiga desde siempre y las caricias de Gabriel, su novio.

El autobús ya había abierto las puertas cuando Inés llegó a la plaza. Era muy temprano y las tiendas situadas bajo los soportales aún no habían abierto. Pasó la vista por aquel paraje en el que tanto había disfrutado.

Su madre había guardado un respetuoso silencio desde que salieron de casa; ninguna de las dos quería hacer más difícil la despedida.

Metió el equipaje en el maletero y sin permitirse sentimentalismos, la abrazó y subió al vehículo rumbo a un país desconocido, con un idioma extraño y con unas nuevas gentes por conocer.

Desde la ventanilla y mientras el autobús iniciaba su salida del pueblo fotografió mentalmente cada calle, cada vivienda, cada rincón… En la última casa, divisó a un hombre que miraba fijamente en su dirección mientras fumaba un cigarrillo apoyado en el quicio de la puerta. Al pasar le pareció leer una palabra en sus labios: “Perdón”.

Cerró los ojos e intentó olvidar los acontecimientos de las últimas horas. La beca que le habían concedido en el Conservatorio de Lausana, lejos de haber producido alegría, provocó un drama que Inés prefería olvidar.

—Me voy a quedar sola. ¿Y si enfermo? —le dijo su madre llorando.

—Si te vas, será mejor que olvidemos lo nuestro. Vive tu vida, que yo haré lo mismo con la mía —sentenció Gabriel.

—Es mi futuro, aquí no conseguiré ser la gran pianista que siempre he soñado —había contestado a las quejas de sus dos seres más queridos.

Sólo su amiga Charito la animó a que se fuera.

—Te echaré de menos, pero es lo mejor para ti. Seguro que te irá bien. Disfruta mucho. Te escribiré a menudo.

Pasaron dos años antes de que Inés volviera a España al entierro de su madre, aunque no fue en el pueblo sino en Barcelona donde se había trasladado para vivir con su otra hija.

Regresó a Lausana y dedicó su vida a la música. Situó su residencia en la plaza del ayuntamiento, en una casa antigua frente a la Fuente de la Justicia y muy cerca de la catedral. Necesitaba el sabor un lugar como aquel para no olvidar sus raíces. De Gabriel no volvió a saber nada, ni una carta, ni una llamada. Con Charito se escribió durante los primeros meses y poco a poco perdieron el contacto. A través de su madre supo de su amiga que, poco después de su partida, se había casado.

Veinte años más tarde volvió al pueblo. Ambas hermanas querían vender la casa de sus padres y se trasladaron allí para vaciarla de todos los recuerdos acumulados en sus estancias.

Por la tarde salieron a pasear. En la plaza, la pequeña tienda de comestibles de los padres de Gabriel estaba abierta. Inés asomó la cabeza y observó a un joven detrás del mostrador. Su rostro le resultó familiar, reconoció en él al Gabriel que había dejado atrás hacía muchos años.

—¿Eres hijo de Gabriel? —le preguntó Inés.

—¿Le conoce?

—Sí, me gustaría saludarle.

—Mi padre está haciendo unos recados, pero mi madre está dentro. Espere un momento. Voy a avisarla.

Al momento salió acompañado de una mujer. Al verse, ambas se miraron fijamente. Entonces Inés entendió que su querida amiga Charito la hubiera animado a irse, sus cartas llenas de nimiedades y la palabra “Perdón” que creyó leer en unos labios cuando se marchaba.

Margarita García Pacios (marga)

Relato ganador de El Tintero Virtual, tema “en la plaza del pueblo”

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